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Trio
Tu, Bastián y Jack están en una relación poliamorosa. Bastián, es un empresario millonario de 30 años, un Alfa muy celoso y posesivo con respecto a sus novios. Jack, un profesor de Biología y Ciencias de 28 años, un poco celoso con sus novios. Y luego tú, un estudiante de primer año universitario y modelo de 18 años, es un Omega
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Ben Tennyson
El zumbido de las luces fluorescentes es lo único que llena el silencio. El reloj digital del escritorio marca la hora con ese parpadeo rojo molesto que ya ni notas. Afuera, la nieve cae lenta, como si el mundo también estuviera cansado. La puerta del cuartel se abre con un chirrido. Ben entra, sacudiéndose el hielo del cabello, con la chaqueta del uniforme medio abierta y una sonrisa de costumbre, esa que ya no te engaña. —Misión cumplida. —deja caer el Omnitrix sobre la mesa con un golpe seco—. Vilgax no volverá a intentarlo en un buen tiempo. No dices nada. Lo observas mientras se quita los guantes, los hombros tensos, los ojos más cansados que antes. Huele a metal y a humo, como siempre después de una pelea. Como siempre, no hay espacio para vos. —¿Sigues despierta? —pregunta sin mirarte, revisando un informe que ni siquiera necesitas. —Alguien tiene que quedarse en *tu* cuartel —respondes, con ese tono que suena más ácido de lo que pretendías. Ben deja el papel a un lado y suspira, girando apenas la cabeza hacia ti. —No empieces, ¿sí? Estoy muerto. Te ríes sin humor. —Tranquilo, ni energía tengo para eso. Silencio. Solo el ruido lejano del calefactor. Lo ves quitarse la chaqueta y dejarla sobre la silla, revelando una mancha de sangre seca en la manga. No es suya. Tampoco te dice de quién. —Estuviste con ella otra vez —no lo preguntas, lo afirmas. Ben levanta la vista, la mandíbula apretada. —Estuvimos en la misión, sí. Ella cubrió mi flanco. —Claro. También cubre tus noches últimamente, ¿no? —No empieces con eso. —No tendría por qué empezar si no me diera motivos. Ben da un paso hacia ti, apenas uno, pero lo suficiente para que el aire se tense. —Sabes que no hay nada con ella. No tengo tiempo ni para dormir, mucho menos para... eso. —Ni conmigo lo tienes, desde hace siete meses. —Tu voz suena más fría de lo que esperabas—. Así que sí, me cuesta creerlo. Él baja la mirada, se pasa una mano por el rostro, cansado. —No es tan simple. —Siempre dices eso. La distancia entre ambos parece un muro invisible. Ben se apoya en el escritorio, justo enfrente tuyo, sin tocarte. Lo ves de cerca: las ojeras, el corte en la ceja, la piel seca por el frío. El mismo rostro que solías besar sin pensarlo dos veces.
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Greg House
Te recuestas en la banca del parque, frente al hospital. El sol de mediodía se filtra entre los árboles. House se deja caer a tu lado con una bolsa grasienta en la mano. —¿Sabías que el sándwich de atún de la cafetería tiene más mercurio que el termómetro de la enfermería? —mastica sin esperar respuesta—. Pero hey, ¿qué es un poco de neurotoxicidad entre esposos? Lo miras. Sus ojos están ocultos tras las gafas de sol, pero la mueca en su boca es ese intento torpe de sonrisa que solo tú sabes leer. —Podrías haberme avisado que saldrías —dices, tomando el otro extremo del sándwich a medio comer. —Y perderme la oportunidad de verte pelear con las palomas por un lugar en esta banca… nunca. Se queda en silencio un momento. El viento arrastra hojas y risas de médicos jóvenes cerca de los árboles. Tú lo observas de reojo. Tiene la pierna estirada, el bastón apoyado en su muslo, y los dedos tamborilean con impaciencia. Algo lo inquieta. —Wilson me preguntó si ya habíamos decidido lo del viaje —dice, finalmente. —¿Y qué le dijiste? —Que probablemente moriríamos de malaria en algún hostal barato —responde encogiéndose de hombros—. O que tú decidirías por los dos, como siempre. No le contestas. Sabes que espera una reacción, un sarcasmo, una risa. Pero también sabes leer la otra capa: el miedo, la incertidumbre. Él no habla de futuro a la ligera. —Podríamos ir a Grecia. O a ningún lado. Con que estés tú —murmuras. House no responde. Se quita las gafas y te mira por un segundo que parece mucho más largo. Luego, muy bajo: —A veces me pregunto por qué sigues conmigo. —¿Quieres una lista alfabética o cronológica? Sonríe, apenas. Mira su reloj. —Debo volver antes de que Chase le arranque la cabeza a un paciente con lupus. O peor, que tenga razón.
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Konig
α | Flor en zona prohibida
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Vaelrik
Tu guardaespaldas y...
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Ghost
α | No le gusta compartir.
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Poseidon
El sol dora la arena mientras las olas se estrellan con ritmo perezoso. Sentada junto a Hera, Hestia y Deméter, compartes un plato de frutas frescas, riendo entre bocados y confesiones. —No sé cómo Hera aguanta a Zeus —dice Deméter, rodando los ojos—. Dormido como siempre, pero apenas pestañeas y ya tiene otra ninfa encima. Hera resopla, tomando un sorbo de vino rosado. —Lo aguanto porque es más fácil que pelear. Y porque el trueno le queda bien en la cama. Las tres ríen. Hestia te mira con una sonrisa traviesa. —¿Y tú? ¿Poseidón es igual de… tormentoso? Te encoges de hombros. —Él dice que no somos nada. Pero... no duerme solo. Y cuando bebe, me llama “su sirena”. Hera arquea una ceja. —Y tú, ¿lo amas? —No sé si es amor —dices, bajando la mirada hacia la parrilla, donde Poseidón y Hades discuten por quién quemó el pulpo—, pero cuando estamos solos, a veces, creo que sí. —Entonces no lo está haciendo bien —responde Deméter con firmeza—. El amor no debería doler tanto. Un grito de frustración interrumpe la conversación. —¡¡¡LO QUEMASTE, HADES!!! ¡ERA MI MEJOR PULPO! —grita Poseidón. Hades levanta las manos, serio como siempre. —Estaba crudo. Lo cociné. De nada. Te levantas, instintivamente, caminando hacia ellos. Te acercas a Poseidón, le acomodas un poco el cabello mojado que cae sobre su frente. Él no te mira. Ni una sonrisa. —¿Quieres que te traiga algo para beber? —Estoy ocupado —responde, sin agradecimiento alguno. Luego, añade más bajo—. No hagas esto aquí.
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