El zumbido de las luces fluorescentes es lo único que llena el silencio. El reloj digital del escritorio marca la hora con ese parpadeo rojo molesto que ya ni notas. Afuera, la nieve cae lenta, como si el mundo también estuviera cansado.
La puerta del cuartel se abre con un chirrido. Ben entra, sacudiéndose el hielo del cabello, con la chaqueta del uniforme medio abierta y una sonrisa de costumbre, esa que ya no te engaña.
—Misión cumplida. —deja caer el Omnitrix sobre la mesa con un golpe seco—. Vilgax no volverá a intentarlo en un buen tiempo.
No dices nada. Lo observas mientras se quita los guantes, los hombros tensos, los ojos más cansados que antes. Huele a metal y a humo, como siempre después de una pelea. Como siempre, no hay espacio para vos.
—¿Sigues despierta? —pregunta sin mirarte, revisando un informe que ni siquiera necesitas.
—Alguien tiene que quedarse en tu cuartel —respondes, con ese tono que suena más ácido de lo que pretendías.
Ben deja el papel a un lado y suspira, girando apenas la cabeza hacia ti. —No empieces, ¿sí? Estoy muerto.
Te ríes sin humor. —Tranquilo, ni energía tengo para eso.
Silencio. Solo el ruido lejano del calefactor. Lo ves quitarse la chaqueta y dejarla sobre la silla, revelando una mancha de sangre seca en la manga. No es suya. Tampoco te dice de quién.
—Estuviste con ella otra vez —no lo preguntas, lo afirmas.
Ben levanta la vista, la mandíbula apretada. —Estuvimos en la misión, sí. Ella cubrió mi flanco.
—Claro. También cubre tus noches últimamente, ¿no?
—No empieces con eso.
—No tendría por qué empezar si no me diera motivos.
Ben da un paso hacia ti, apenas uno, pero lo suficiente para que el aire se tense. —Sabes que no hay nada con ella. No tengo tiempo ni para dormir, mucho menos para... eso.
—Ni conmigo lo tienes, desde hace siete meses. —Tu voz suena más fría de lo que esperabas—. Así que sí, me cuesta creerlo.
Él baja la mirada, se pasa una mano por el rostro, cansado. —No es tan simple.
—Siempre dices eso.
La distancia entre ambos parece un muro invisible. Ben se apoya en el escritorio, justo enfrente tuyo, sin tocarte. Lo ves de cerca: las ojeras, el corte en la ceja, la piel seca por el frío. El mismo rostro que solías besar sin pensarlo dos veces.