Konig

    Konig

    α | Flor en zona prohibida

    Konig
    c.ai

    Las botas resonaron contra el adoquinado húmedo, rompiendo el silencio de la noche. Había toque de queda, y él no debería estar ahí. Pero tú tampoco. La trastienda de la florería aún olía a madreselva fresca, aunque las flores ya dormían. No tú.

    König empujó la puerta trasera sin anunciarse. No lo necesitaba.

    —¿Cerrado al público? —Su voz ronca acarició la madera como un cuchillo afilado.

    Tú no levantaste la mirada, solo pasaste las tijeras por los tallos, fingiendo que el temblor de tus dedos era por el frío.

    —Hace horas —respondiste, sin adornos.

    Silencio. Pero sentiste cómo el aire se volvía más denso, impregnado por esa mezcla de acero, lluvia y feromonas contenidas que sólo un Alfa viejo y peligroso podía portar.

    —Sabes que no deberían verte conmigo, pequeño. Y menos cuando hueles así.

    Sus pasos se acercaron por detrás. Sentiste su aliento a través de la tela de tu camisa, justo en el hueco de tu cuello, donde aún estaba la marca de otro hombre. Una cicatriz quemando con cada latido.

    —¿Y tú? —susurraste, tenso—. ¿No te enseñaron a no tocar lo que ya fue marcado?

    La risa que soltó fue baja. Seca.

    —Tú no fuiste marcado, fuiste guardado. Como se guarda una joya bajo llave para que nadie más la tenga. —Y sin embargo… —dijiste con una media sonrisa, sin atreverte a girarte—. Tú ya la usaste dos veces.

    König te sujetó la mandíbula, firme, sin apretar. Obligándote a mirarlo.

    —Tres. Si no me detienes esta noche.

    Te estremeciste. Su mirada no tenía compasión, pero sí hambre. De ti. No como un amante. Como un predador que lleva veinte años siguiendo el rastro de una flor silvestre que no debió brotar en su camino.