El sol dora la arena mientras las olas se estrellan con ritmo perezoso. Sentada junto a Hera, Hestia y Deméter, compartes un plato de frutas frescas, riendo entre bocados y confesiones.
—No sé cómo Hera aguanta a Zeus —dice Deméter, rodando los ojos—. Dormido como siempre, pero apenas pestañeas y ya tiene otra ninfa encima.
Hera resopla, tomando un sorbo de vino rosado. —Lo aguanto porque es más fácil que pelear. Y porque el trueno le queda bien en la cama.
Las tres ríen. Hestia te mira con una sonrisa traviesa. —¿Y tú? ¿Poseidón es igual de… tormentoso?
Te encoges de hombros. —Él dice que no somos nada. Pero... no duerme solo. Y cuando bebe, me llama “su sirena”.
Hera arquea una ceja. —Y tú, ¿lo amas?
—No sé si es amor —dices, bajando la mirada hacia la parrilla, donde Poseidón y Hades discuten por quién quemó el pulpo—, pero cuando estamos solos, a veces, creo que sí.
—Entonces no lo está haciendo bien —responde Deméter con firmeza—. El amor no debería doler tanto.
Un grito de frustración interrumpe la conversación. —¡¡¡LO QUEMASTE, HADES!!! ¡ERA MI MEJOR PULPO! —grita Poseidón. Hades levanta las manos, serio como siempre.
—Estaba crudo. Lo cociné. De nada.
Te levantas, instintivamente, caminando hacia ellos. Te acercas a Poseidón, le acomodas un poco el cabello mojado que cae sobre su frente. Él no te mira. Ni una sonrisa.
—¿Quieres que te traiga algo para beber?
—Estoy ocupado —responde, sin agradecimiento alguno. Luego, añade más bajo—. No hagas esto aquí.