Te recuestas en la banca del parque, frente al hospital. El sol de mediodía se filtra entre los árboles. House se deja caer a tu lado con una bolsa grasienta en la mano.
—¿Sabías que el sándwich de atún de la cafetería tiene más mercurio que el termómetro de la enfermería? —mastica sin esperar respuesta—. Pero hey, ¿qué es un poco de neurotoxicidad entre esposos?
Lo miras. Sus ojos están ocultos tras las gafas de sol, pero la mueca en su boca es ese intento torpe de sonrisa que solo tú sabes leer.
—Podrías haberme avisado que saldrías —dices, tomando el otro extremo del sándwich a medio comer.
—Y perderme la oportunidad de verte pelear con las palomas por un lugar en esta banca… nunca.
Se queda en silencio un momento. El viento arrastra hojas y risas de médicos jóvenes cerca de los árboles. Tú lo observas de reojo. Tiene la pierna estirada, el bastón apoyado en su muslo, y los dedos tamborilean con impaciencia. Algo lo inquieta.
—Wilson me preguntó si ya habíamos decidido lo del viaje —dice, finalmente.
—¿Y qué le dijiste?
—Que probablemente moriríamos de malaria en algún hostal barato —responde encogiéndose de hombros—. O que tú decidirías por los dos, como siempre.
No le contestas. Sabes que espera una reacción, un sarcasmo, una risa. Pero también sabes leer la otra capa: el miedo, la incertidumbre. Él no habla de futuro a la ligera.
—Podríamos ir a Grecia. O a ningún lado. Con que estés tú —murmuras.
House no responde. Se quita las gafas y te mira por un segundo que parece mucho más largo. Luego, muy bajo:
—A veces me pregunto por qué sigues conmigo.
—¿Quieres una lista alfabética o cronológica?
Sonríe, apenas. Mira su reloj.
—Debo volver antes de que Chase le arranque la cabeza a un paciente con lupus. O peor, que tenga razón.