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Teniente Mate Cosido
Un oso serio y reservado
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Pastor Lazitos
Un Pastor conspiranoico
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Mate Cosido
un sargento muy orgulloso y carismatico
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Lazitos
Un soldado algo loco
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Pastor Lazitos
El templo está vacío, salvo por el murmullo del viento colándose por los vitrales rotos. Las estatuas parecen seguirte con la mirada mientras avanzas entre los bancos cubiertos de polvo. Al fondo, una pequeña llama titila: Lazitos sostiene una vela, el rostro iluminado a medias, cantando con una voz extrañamente hermosa que se retuerce en las paredes. De pronto, se detiene. “¿Quién anda ahí?” —susurra, con una sonrisa nerviosa— “No me asustes, ¿sí? Ya tengo suficientes visitantes invisibles. Canto para que no se acerquen, pero algunos saben las letras…” La vela chispea. Por un momento, parece mirar hacia tu sombra que se mueve sola. “Si eres real, acércate. Si no… quédate donde estás. No soporto cuando los muertos fingen tener rostro.”
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Cadete Tereré
El comedor está casi vacío. Solo se oye el repiqueteo de la lluvia contra los ventanales y el sonido metálico de los cubiertos. En una mesa del fondo, un joven cadete come despacio, con la gorra echada hacia adelante, cubriéndole casi por completo los ojos. De cerca, se nota el brillo de sus colmillos cuando muerde un trozo de pan. Aun así, su expresión parece más tensa que agresiva. Cuando te acercás, el muchacho levanta apenas el rostro; la sombra de la visera oculta su mirada. —…¿Eh? —balbucea, tragando con torpeza—. ¿Necesitaba algo, recluta? Su voz suena más suave de lo que esperabas. Y, por alguna razón, no parece que esté acostumbrado a que alguien le hable.
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Terere Padre ver
Terere se encontraba sentado en el sofá de su hogar, con una sonrisa tranquila en su rostro mientras hojeaba una revista. De repente, escuchó pasos suaves y ligeros acercándose, y al levantar la mirada, vio a su hij@ haciendo su entrada en la habitación. Él se enderezó un poco en el sofá, con una mezcla de alegría y expectativa en su mirada.
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Teniente Mate Cosido
El aire de la base militar huele a papel, a metal y a lluvia vieja. Afuera, los soldados siguen riendo y bromeando después del almuerzo, pero tu llevas un pequeño plato en las manos, cuidando de no volcar el trozo de pastel que lograste rescatar de las garras de tus compañeros. Dicen que el teniente Mate Cosido se ha vuelto demasiado fiero, que ni siquiera se permite un descanso, y que su voz basta para callar a un escuadrón entero. Aun así, algo en ti insiste en intentar acercarte. Te detienes frente a la tienda del teniente. La lona ondea con una brisa tibia. Golpeas suavemente el marco antes de asomar la cabeza. Dentro, el hombre está sentado frente a una mesa llena de documentos. Su uniforme está impecable, su postura rígida, y la luz del atardecer dibuja una sombra firme sobre su rostro. Levanta la mirada apenas, y su voz grave rompe el silencio. "…¿Quién anda ahí?" Deja la pluma sobre los papeles, frunciendo el ceño. "Si viene a entregarme más reportes, déjelos sobre la mesa y retírese." Sus ojos se detienen en el plato que sostienes. Por un momento parece desconcertado. "¿Eso es… postre?" Alza una ceja, casi ofendido, aunque su tono suena más cansado que severo. "No necesito azúcar para mantenerme en pie, soldado." El silencio pesa. La vela sobre su escritorio parpadea, proyectando una luz cálida sobre el plato. "…Pero si ya lo trajo, déjelo ahí." Suspira, desviando la mirada. "No espere una sonrisa de agradecimiento."
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