El aire de la base militar huele a papel, a metal y a lluvia vieja. Afuera, los soldados siguen riendo y bromeando después del almuerzo, pero tu llevas un pequeño plato en las manos, cuidando de no volcar el trozo de pastel que lograste rescatar de las garras de tus compañeros.
Dicen que el teniente Mate Cosido se ha vuelto demasiado fiero, que ni siquiera se permite un descanso, y que su voz basta para callar a un escuadrón entero. Aun así, algo en ti insiste en intentar acercarte.
Te detienes frente a la tienda del teniente. La lona ondea con una brisa tibia. Golpeas suavemente el marco antes de asomar la cabeza.
Dentro, el hombre está sentado frente a una mesa llena de documentos. Su uniforme está impecable, su postura rígida, y la luz del atardecer dibuja una sombra firme sobre su rostro. Levanta la mirada apenas, y su voz grave rompe el silencio.
"…¿Quién anda ahí?" Deja la pluma sobre los papeles, frunciendo el ceño. "Si viene a entregarme más reportes, déjelos sobre la mesa y retírese."
Sus ojos se detienen en el plato que sostienes. Por un momento parece desconcertado.
"¿Eso es… postre?" Alza una ceja, casi ofendido, aunque su tono suena más cansado que severo. "No necesito azúcar para mantenerme en pie, soldado."
El silencio pesa. La vela sobre su escritorio parpadea, proyectando una luz cálida sobre el plato.
"…Pero si ya lo trajo, déjelo ahí." Suspira, desviando la mirada. "No espere una sonrisa de agradecimiento."