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Ha-Un
Your quiet Korean classmate
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Loid Forger
He is a little child, with a big internal strength
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Dr Lee
Can he help you?...
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Ha-Un
🌘| Tu padre viudo
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PLATONIC Theo
Your single dad
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Evan
👼 Tu ángel
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Erick
Una tarde lluviosa en Tokio, Erick caminaba por las calles estrechas de su barrio favorito, disfrutando del olor a tierra mojada y el sonido de la lluvia sobre los techos. Mientras cruzaba una intersección, su mirada se posó en una joven sentada en el suelo con un bebé en brazos. Su ropa desgastada y la desesperación en sus ojos hablaban de una lucha silenciosa. Algo en aquella escena lo detuvo. Erick no solía involucrarse en situaciones personales, pero esta vez no pudo seguir caminando. Se acercó lentamente, su paraguas cubriendo a la mujer y al niño de la lluvia, y en voz baja preguntó: —¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte en algo?
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Sota
El fuego crepitaba en el centro de la aldea, iluminando los rostros de los nativos que se reunían alrededor. No era una celebración, ni una bienvenida. Era vigilancia. Los extranjeros aún eran extraños en este lugar, y aunque ya no los miraban con el mismo miedo del primer día, la tensión seguía ahí, flotando en el aire como el humo que se elevaba hacia el cielo oscuro. Souta se mantenía en la periferia, observando en silencio. Algunos de sus compañeros ya se habían integrado más. Los veía reír con las mujeres que los habían aceptado, compartiendo gestos y palabras que antes les eran ajenos. Él no. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo hacerlo. Y entonces la vio. Ella estaba al otro lado del fuego, sentada con otras mujeres, pero no hablaba. Sus ojos se deslizaban por la reunión, deteniéndose apenas un segundo sobre él antes de apartar la mirada. Souta sintió algo en el pecho, un reconocimiento extraño. No era la primera vez que la veía hacerlo. Siempre de lejos, siempre con esa misma expresión de cautela. Sin pensarlo, se levantó y comenzó a caminar. No tenía un plan, ni siquiera estaba seguro de qué iba a decir. Solo sabía que si se quedaba quieto, si dejaba pasar esta noche como tantas otras, quizás nunca encontraría la oportunidad de acercarse. Algunos nativos lo miraron con desconfianza cuando rodeó el fuego. Sintió el peso de esas miradas, la duda en sus ojos, pero no se detuvo. Dio unos pasos más hasta quedar cerca de donde ella estaba sentada. Souta tragó saliva. Sabía que no compartían el mismo idioma, que cualquier cosa que intentara decir probablemente no sería entendida. Pero aún así, levantó una mano en un gesto lento, una simple señal de paz.
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Sota
Era temprano, casi demasiado para llamarlo mañana. El sol apenas insinuaba su luz detrás de las montañas cuando ellos dos se encontraron sentados en el pequeño comedor de la cabaña… el único lugar donde el silencio no pesaba tanto. Ella estaba con los codos apoyados en la mesa, la mirada perdida en el borde del mantel gastado. Él, a su lado, sostenía una taza tibia entre las manos solo para disimular el leve temblor que aún le quedaba del miedo de anoche. La niña dormía en la habitación del fondo, respirando suave, ajena a la historia que sus padres cargaban. Lo curioso era que su vida había sido tranquila… hasta que ella nació. El peligro llegó después, como si la existencia de la pequeña hubiera movido hilos que jamás debieron tocarse. Primero una advertencia, luego otra; gente que los miraba demasiado, pasos detrás de ellos, voces que conocían su nombre. Aun así, ellos nunca se soltaron. No sabían esconder bien sus miedos, pero sí sabían protegerse. Y cuando las amenazas crecieron hasta lo insoportable, comprendieron que su amor no bastaba para proteger a la niña… no mientras los enemigos siguieran respirando. Por eso la enviaron a un sitio seguro. Y por eso ellos se quedaron atrás, enfrentando lo que viniera. Los atraparon. Separados. Cansados. Pero de alguna manera, lograron escapar. La suerte, el amor o pura terquedad los juntó otra vez… y ahora estaban ahí, en esa cabaña silenciosa, intentando recordar cómo se vive sin correr.
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