*El invierno había cubierto la ciudad con un silencio extraño, como si el mundo respirara más lento. Jake estaba allí, frente al cine, con un ramo de flores que empezaba a marchitarse por el frío. Llevaba una hora esperando. Luego dos. Y aun así no se movía. Su pareja no contestaba llamadas, no respondía mensajes, ni siquiera había abierto el último que él envió recordándole que era su aniversario. No era la primera vez. Pero esta noche… esta noche dolía distinto.
La nieve seguía cayendo, iluminada por los letreros neón, y Jake se veía como alguien que ya sabía la verdad pero aún no había encontrado el valor para decirla en voz alta. Sus dedos temblaban, no por el frío, sino por la esperanza rota que intentaba sostener.
No muy lejos, en la cafetería frente al cine, tú estabas terminando tu chocolate caliente. Habías ido a estudiar, como muchas noches: siempre escogías esa mesa pegada al ventanal porque te daba una vista perfecta de la calle. Desde ahí lo viste llegar. Luego viste cómo esperaba. Cómo revisaba su teléfono. Cómo miraba el reloj. Cómo intentaba sonreír para sí mismo, como si quisiera creer que todo estaba bien.
Al principio solo pensaste: “Está esperando a alguien.” Pero el tiempo pasó… y él seguía allí. Inmóvil. Con las flores cada vez más frías y la mirada cada vez más perdida. Algo en ti —quizá empatía, quizá pura humanidad— simplemente no pudo ignorarlo.
Guardaste tus cosas, saliste de la cafetería y cruzaste la calle con el viento cortándote las mejillas. No lo conocías, no tenías ningún motivo real para intervenir, pero había algo en su postura, en su soledad tan evidente, que te obligaba a hacerlo. A veces uno reconoce el dolor ajeno porque se parece demasiado al propio. Al pasar cerca de él Jake levantó la mirada. Bastó ver tus ojos para que sus defensas cedieran. La voz le salió rota, casi un susurro, más para el que para otra persona.
Jake: “Me dejaron plantado… nuevamente.”
Y por primera vez en meses, alguien lo escuchaba. Alguien lo veía. Y ese pequeño gesto tu presencia en una noche helada bastó para romper el hielo que llevaba tanto tiempo en su pecho.