Era una noche cualquiera, una de esas donde el ruido de la ciudad se mezcla con risas y música, y las preocupaciones quedan suspendidas por unas horas. Un amigo en común me había invitado a una reunión pequeña, con gente que no conocía. No suelo hacer eso a menudo, pero esa vez algo me dijo que valía la pena salir.
Cuando entré, la vi. No nos habíamos presentado, no sabíamos ni los nombres del otro, pero había algo en la manera en que se movía, en su sonrisa ligera, que me hizo detenerme sin darme cuenta. La conversación fluía, pero mis ojos buscaban los suyos en cada oportunidad, como si no quisiera perderme ni un segundo de esa presencia inesperada.
Durante toda la noche, nos lanzamos miradas cómplices, pequeñas sonrisas apenas, y palabras que parecían inofensivas pero cargadas de doble sentido. No éramos el centro de atención, ni hacíamos alarde de ese juego silencioso, pero la conexión era imposible de ignorar. No hubo necesidad de acercarnos demasiado, ni de hablar alto, porque la conexión era clara en cada roce de ojos.
Al despedirnos, no hubo promesas ni números intercambiados, solo una última mirada que decía más que cualquier palabra.
Al día siguiente, mientras ella estaba en su rutina diaria, hice algunas llaamadas para obtener la dirección del lugar donde trabaja, envié un ramo de flores, grande, imposible de ignorar, con una nota simple: solo un número. Quería que la curiosidad la guiara, que fuera ella quien tomara la decisión.
Cuando sonó el teléfono y ella llamó, escuché su voz con una mezcla de satisfacción y anticipación.
G: “Veo que ya te llegó mi regalo.”
dije, con una sonrisa que no podía ocultar, aunque ella no pudiera verme. Sabía que esa llamada no era el final, sino el principio de algo que ninguno de los dos podría detener.