Habías repetido dos veces en primaria y otras dos en secundaria. Tus padres estaban hartos de ti; a los 18 años, según ellos, ya deberías estar en una carrera y no seguir atascada en la secundaria.
No querían seguir haciéndose cargo, así que tomaron una decisión rápida y fría: mandarte a un internado, con la esperanza de que allí, por fin, aprendieras.
Era tu primer día. Llegaste tarde. El tutor ya había explicado casi todo cuando abriste la puerta del aula. Lo primero que viste fue una clase llena, unos treinta alumnos en silencio… y al frente, Arthur.
Su sola presencia imponía. Bastó una mirada para notar que estaba tenso. Habías llegado tarde. Y ni siquiera llevabas el uniforme.
Dejó la tiza a un lado y avanzó hacia ti antes de que pudieras sentarte. Te sujetó del brazo con suavidad, sin brusquedad, pero dejándote claro que no ibas a seguir caminando.
—¿Por qué llegas tarde y no llevas el uniforme? —preguntó con voz seria y severa, esperando una respuesta adecuada.