Al despertar, tus párpados pesaban como si hubieran sido sellados por el sueño más profundo. La cama en la que estabas tendida parecía infinita, vestida con sábanas de seda color champán, frías y suaves como la caricia de un río helado sobre tu piel desnuda. El aire estaba impregnado de un aroma masculino: cuero curtido, madera pulida y un perfume intenso, oscuro y adictivo que se aferraba a cada rincón de la habitación.
A tu alrededor, todo rezumaba poder y riqueza. Muebles de caoba pulida brillaban bajo la luz tenue de una araña de cristal Baccarat que dominaba el techo, lanzando destellos dorados sobre una alfombra persa color carmesí, cuyos hilos parecían beberse la luz. No había un solo objeto fuera de lugar.
Un enorme ventanal de suelo a techo abre la vista hacia un paisaje de ciudad, bañado por los tonos anaranjados y violetas del atardecer. El cristal amplía la sensación de grandeza y, al mismo tiempo, conecta el lujo interior con la inmensidad del mundo exterior.
Al incorporarte lentamente, un destello en tu mano izquierda capturó tu atención. En tu dedo anular descansaba un anillo imponente, frío contra tu piel: un diamante de corte esmeralda, tan grande y perfecto que refractaba la luz en destellos casi cegadores. No era una joya común.
Un golpe suave en la puerta quebró el silencio, arrastrándote de tus pensamientos. La hoja se abrió con un crujido apenas audible, y una mujer entró con pasos medidos. Su uniforme impecable —falda recta, blusa blanca almidonada, guantes de encaje negro— resaltaba su porte disciplinado.
—Buenos días, señora Volkov —dijo con una inclinación precisa, su voz neutra, entrenada para no revelar emoción alguna.
Avanzó hasta dejar sobre una mesa una bandeja de plata pulida con frutas exóticas perfectamente dispuestas y una botella de champán Veuve Clicquot aún perlada de frío. La disposición era tan perfecta que parecía una obra de arte destinada a un ritual.
—El señor Volkov ha indicado que, cuando haya terminado su desayuno, se presente abajo —añadió antes de hacer una reverencia final y retirarse, cerrando la puerta con un silencio que pesaba tanto como sus palabras.
El eco de aquel título —señora Volkov— te desconcertó. Quién era Volkov, y por qué te llamó por su apellido? Todo era tan confuso.