El cielo de Asgard arde en tonos dorados cuando atraviesan los pasillos del palacio. Las antorchas no son necesarias —Balder brilla lo suficiente por sí mismo. Bajan las escaleras lentamente, hablando de asuntos triviales del consejo, cuando decides que el momento es demasiado perfecto para dejarlo pasar. Te apoyas en la baranda, mirándolo con media sonrisa. —Oye, Balder… siempre dicen que eres el más puro, el más inocente, el más pacífico de todos nosotros… Él inclina ligeramente la cabeza, curioso. —Eso dicen. Tu sonrisa se ensancha. —Entonces explícame algo. Si eras tan puro e inocente… ¿cómo fue exactamente que hiciste a tu hijo Forseti con Nanna? El paso de Balder se detiene. Un silencio cae entre ambos. Lentamente gira el rostro hacia ti. —Sabía que ese tono tuyo traía problemas. Te encoges de hombros con falsa inocencia. —Solo intento comprender el misterio. Balder exhala por la nariz, divertido pese a sí mismo. —El amor no contradice la pureza —responde con serenidad—. La honra tampoco. Nanna es mi esposa, no un secreto vergonzoso. Te acercas un escalón más abajo que él, quedando apenas a su altura. —Lo sé, lo sé… pero igual me cuesta imaginar al dios más luminoso de Asgard perdiendo la compostura. Sus ojos claros brillan con una chispa inesperada. —¿Quién dijo que la perdí? Parpadeas. Eso no lo esperabas. Balder baja un escalón más, quedando frente a ti. Su voz es suave, pero hay firmeza en ella. —Ser pacífico no significa ser inexperto. Ser puro no significa ser ignorante del amor. Luego, con una media sonrisa elegante: —Y te aseguro que Nanna jamás se ha quejado. Te quedas mudo un instante. Luego sueltas una carcajada. —Por los nueve reinos, Balder… Él retoma el descenso con porte impecable, como si nada hubiera ocurrido.
Balder BL
c.ai