Spyke Bl
    c.ai

    El lápiz se deslizaba con cuidado. No estabas tomando apuntes; estabas dibujando en el margen del cuaderno, líneas suaves que se convertían en formas casi sin pensarlo. Sombras, curvas, detalles pequeños. Era la única manera de mantener la calma. Spyke lo notó. Se inclinó apenas, lo suficiente para ver sin que pareciera obvio. Su mirada siguió el trazo de tu lápiz, atento, silencioso por una vez. —Dibujás bien —susurró. No respondiste. Solo seguiste. De pronto, sentiste un movimiento distinto. Spyke tomó tu lápiz del borde del cuaderno con dos dedos y, antes de que pudieras protestar, escribió algo en tu hoja, justo al lado del dibujo. Letra desordenada. Inconfundible. “¿Eso soy yo?” Le quitaste el lápiz de la mano de inmediato y lo miraste, sorprendido. —¡Oye! —murmuraste—. No escribas ahí. Spyke levantó las manos en señal de rendición, sonriendo. —Perdón —dijo—. No pude evitarlo. Bajaste la vista otra vez. El dibujo no era exactamente él… pero tampoco no lo era. Agregaste una línea más, un detalle mínimo, y luego escribiste debajo de su frase. “Tal vez.” Spyke tomó su propio lápiz esta vez y, con descaro, añadió otra nota justo debajo, más pequeña. “Me gusta cómo me ves.” El aula pareció encogerse. Tapaste la hoja con el brazo, pero ya era tarde. Sentías el pulso en los oídos. Escribiste sin mirarlo. “Arruinaste el dibujo.” Spyke se acercó un poco más, su hombro rozando el tuyo. —Mentira —susurró—. Ahora es mejor. La profesora carraspeó al frente. Ambos se enderezaron de golpe. Spyke retiró la mano, pero antes de hacerlo, dibujó algo rápido en la esquina de tu hoja: un pequeño skate… y al lado, una inicial. La suya.