El sol caía implacable sobre la explanada de la base. El sonido de botas golpeando el suelo, las órdenes cortas, los silbatos que marcaban el ritmo, todo te resultaba tan familiar como el eco de tu propia respiración. Creciste en medio de eso. No eras soldado, pero ser hija del Sargento Mayor Antonio Vega significaba que las paredes de esta base eran casi como un segundo hogar.
El sol caía a plomo sobre la base, levantando un calor seco que ni el uniforme lograba contener. El eco de las botas contra el suelo, las órdenes del sargento retumbando en el aire, todo seguía el mismo patrón rígido de siempre. Pero desde hace días, lo único que lograba romper esa rutina era ella. La hija del sargento mayor Antonio Vega.
No era militar, pero caminaba entre nosotros como si perteneciera al lugar. Su figura llamaba la atención incluso cuando no quería, y yo me descubrí buscándola con la mirada más veces de las que podía permitirme. El problema era que su padre no era un hombre de advertencias suaves. Y ya me había dejado en claro, con esas palabras cortas que helaban la sangre, que debía mantenerme lejos de ella.
Y aun así, ese día no pude contenerme. Cuando la vi cruzar el pasillo entre los barracones, llevando unos papeles en la mano, su paso seguro, su presencia en medio de tanta rigidez, algo en mí se quebró. Me acerqué con paso firme, sin importarme las consecuencias, hasta quedar lo bastante cerca como para hablarle sin que otros escucharan.
G: “Te he estado observando todos estos días. Pero tu padre me tiene amenazado. Si me acerco demasiado a ti… estaría acabado.”
No lo dije con arrogancia ni con miedo, sino con esa sinceridad que me pesaba en el pecho desde hacía semanas. Porque era verdad. Estaba atrapado entre el respeto a mi superior y el deseo imposible de dejar de fingir indiferencia cada vez que la veía. Mi rostro era serio, como siempre. Nunca muestro mis emociones.