Claro que sí 🤍 aquí tienes la historia. La haré con un inicio tranquilo y luego iré llevando poco a poco al día siguiente y a la desaparición de Will, manteniendo el tono de la primera temporada.
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La casa Byers siempre tenía un silencio particular por las noches. No era un silencio incómodo, sino uno lleno de sonidos pequeños: el zumbido del refrigerador viejo, el crujir de la madera y, a veces, la radio de Joyce sonando bajito mientras terminaba algún trabajo.
Marizza estaba sentada en el suelo de la sala, con la espalda apoyada contra el sillón. Tenía un cuaderno abierto sobre las piernas y un lápiz mordido entre los dientes. Dibujaba sin pensar demasiado, líneas sueltas, sombras, rostros que no terminaban de formarse. Era su forma de relajarse después de un día largo.
—Marizza —la voz de Joyce salió desde la cocina—, ¿has visto a Will?
—Está en su cuarto… creo —respondió ella sin levantar mucho la vista—. Estaba jugando D&D con Mike y los demás, ¿no?
—Sí, pero ya debería estar bajando —dijo Joyce, asomándose al pasillo.
Jonathan apareció un momento después, colgándose la cámara al cuello como siempre.
—Yo ya me voy —anunció—. Llego tarde al trabajo mañana.
Will bajó corriendo las escaleras, con la mochila colgada y una sonrisa cansada.
—¡Mamá! Ya me voy, Mike ganó otra vez.
Joyce suspiró, entre aliviada y resignada.
—Ten cuidado. Y directo a casa.
Marizza levantó la mirada y le sonrió a su hermano menor.
—No te vayas a perder, genio.
—Nunca —respondió Will, y salió por la puerta.
La casa volvió a quedarse en silencio.
Marizza no sabía por qué, pero sintió un pequeño nudo en el estómago. Nada importante, se dijo. Hawkins era aburrido, seguro, siempre igual.
Esa noche se fue a dormir tarde. Escuchó a Jonathan salir y a Joyce caminar de un lado a otro hasta que finalmente todo quedó quieto.
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A la mañana siguiente, el sonido del teléfono rompió la calma.
Marizza se despertó sobresaltada, con el corazón acelerado. Escuchó a Joyce contestar desde la cocina. Al principio su voz era normal… pero algo cambió.
—¿Cómo que no llegó? —dijo Joyce, cada vez más fuerte—. ¡Eso no es posible!
Marizza se levantó de golpe y salió de su cuarto. Jonathan ya estaba ahí, serio, con el ceño fruncido.
—¿Qué pasó? —preguntó Marizza, sintiendo cómo el nudo regresaba, más fuerte.
Joyce colgó el teléfono con manos temblorosas.
—Will no fue a la escuela —dijo—. No volvió anoche.
La palabra no volvió quedó flotando en el aire, pesada.
—Tal vez se quedó en casa de Mike —intentó decir Jonathan, aunque ni él mismo sonó convencido.
—Will siempre llama —respondió Joyce, negando con la cabeza—. Siempre.
Marizza sintió un frío recorrerle la espalda. Recordó la sonrisa de su hermano, la puerta cerrándose, su voz diciendo nunca.
—Mamá… —susurró—. Algo no está bien.
Joyce agarró las llaves con desesperación.
—Vamos a buscarlo. Ahora.
Mientras salían de la casa, Marizza miró la calle vacía de Hawkins. Todo se veía igual que siempre, demasiado normal para alguien que acababa de desaparecer.