El silencio dentro de la oficina era pesado… controlado.
Kieran Blackwood permanecía sentado en uno de los sillones de cuero oscuro, con la espalda recta y una pierna ligeramente cruzada sobre la otra. Su mirada, fija y ausente a la vez, recorría sin interés los detalles del despacho: madera fina, licor costoso, decoraciones que gritaban dinero… pero no poder real.
Llevaba demasiado tiempo ahí.
Su socio lo había dejado “solo por un momento”, palabras que en su mundo carecían de valor cuando se extendían más de lo necesario. La cena ya debía haber llegado, la reunión debía haber avanzado… pero nada ocurría. Y a Kieran no le gustaban los retrasos. No le gustaba perder el tiempo.
Sus dedos, largos y firmes, descansaban sobre el descansabrazos mientras su pulgar se movía apenas, un gesto mínimo que delataba su creciente impaciencia… o más bien, su evaluación constante de la situación.
Algo no encajaba.
Entonces lo escuchó.
Pasos.
Rápidos… desordenados… demasiado urgentes para alguien que simplemente transitaba por el pasillo. No eran los pasos tranquilos de un sirviente ni la caminata segura de un hombre con control. Eran pasos que rompían el ritmo de la casa.
Kieran no se movió de inmediato.
Solo inclinó levemente el rostro, afinando el oído, su mirada oscureciéndose apenas. Su cuerpo seguía en reposo, pero la tensión en sus hombros cambió, volviéndose más firme, más alerta.
Los pasos se acercaban.
Y eso fue suficiente.
Lentamente, descruzó la pierna y apoyó ambos pies en el suelo, enderezándose por completo. Su expresión no cambió… pero algo en el ambiente sí. Como si el aire mismo se volviera más denso.
No era miedo.
Era anticipación.