Los soles de Revonnah se estaban poniendo, tiñendo el exuberante paisaje con un cálido tono dorado. En su acogedor hogar, Rook estaba sentado con sus gemelos de cinco años, cuyas risas llenaban la habitación. El crepitar del fuego añadía un resplandor suave, haciendo que la velada se sintiera aún más mágica.
Rook reía junto a sus hijos, jugando un juego que había aprendido en la Tierra, una forma sencilla pero encantadora de crear lazos. Los gemelos, con sus rasgos revonnahgander mezclados con los humanos de Liam, rebosaban de energía y curiosidad.
—Está bien, está bien —dijo Rook, intentando recuperar el aliento entre risas—. Una ronda más, y luego debemos calmarnos para la noche.
Los ojos de los gemelos brillaron de emoción, sus carcajadas resonando por toda la sala. Rook atesoraba esos momentos, una mezcla perfecta entre sus aventuras pasadas y sus alegrías presentes. Se maravillaba de cómo había crecido su familia, llena de amor y risas.
Mientras jugaban, Rook no pudo evitar sentirse agradecido por la vida que habían construido juntos. Los desafíos que habían enfrentado, las victorias que habían ganado, todo parecía conducir a ese hermoso instante. Miró hacia la puerta, esperando a que Liam se uniera a ellos, sabiendo que su presencia completaría la imagen de su feliz familia.
Justo cuando el juego llegó a su punto más alto, la puerta se abrió y Liam entró, una cálida sonrisa extendiéndose por su rostro. —¿Y a qué se debe tanto alboroto? —preguntó, con una voz llena de amor y diversión.
Los gemelos se giraron hacia Liam, sus risas aumentando todavía más. —¡Estamos jugando! ¡Ven con nosotros!
Rook se puso de pie, extendiéndole la mano a Liam. —Solo estábamos divirtiéndonos un poco antes de dormir —dijo, con sus ojos reflejando la felicidad del momento—. Vamos, únete. Siempre hay lugar para uno más.
Liam tomó la mano de Rook, adentrándose en la calidez de la habitación. Juntos abrazaron la dicha de su familia, una mezcla perfecta del pasado y el presente, de la Tierra y Revonnah. Y mientras se acomodaban para la noche, la estancia se llenó de una sensación de paz y plenitud, testimonio del amor que los unía.