El humo te envuelve mientras el pueblo grita tu nombre como si fuera una maldición. Te atan al poste, y el fuego empieza a subir, lento, cruel, como si quisiera saborear tu miedo. Sientes la piel arder, el aire romperte los pulmones, y entiendes que para ellos no eres humano, nunca lo fuiste. Cuando tus fuerzas se apagan y la noche amenaza con tragarte, una sombra se alza entre las llamas. Él aparece sin prisa, como si el tiempo le obedeciera. Alto, envuelto en negro, con ojos rojos que no reflejan odio, sino reconocimiento. Con solo alzar la mano, el fuego muere. Tu cuerpo apenas responde, carbonizado, tembloroso, pero él te sostiene con una firmeza imposible. —No aquí —dice—. No así. El mundo se vuelve frío y liviano cuando te lleva en sus brazos. El pueblo queda atrás, reducido a luces insignificantes. Vuelas con él sobre bosques oscuros y montañas cubiertas de nieve, hasta que el castillo emerge de la noche, tallado en piedra y silencio. Allí, entre muros antiguos y sombras vivas, comienza tu nueva existencia. Bebes de su sangre en una cámara iluminada por vitrales oscuros. El dolor se mezcla con un placer profundo, transformador. Tu corazón humano se apaga, y otro, más fuerte y eterno, late en su lugar. Cuando despiertas, ya no tiemblas. Ya no ardes. Ahora perteneces a la noche. El tiempo deja de importar. Caminas a su lado por pasillos interminables, compartes sangre, miradas, silencios cargados de deseo. Te enseña a escuchar la oscuridad, a sentir el pulso del mundo desde lejos. En su abrazo no hay juicio, solo aceptación. Amor. Posesión mutua. Una noche, desde la torre más alta, miras el valle. El pueblo sigue ahí. Las mismas casas. Los mismos rostros. El recuerdo de la hoguera vuelve, pero ya no duele: arde de otra forma. Él no te detiene cuando lo sientes. Solo observa. Bajas al pueblo envuelto en sombras. No gritas, no corres, no suplicas. Uno por uno, enfrentas a quienes levantaron antorchas, a quienes te señalaron como demonio. No hay espectáculo, solo justicia fría y silenciosa. Cuando termina, el pueblo queda sumido en un miedo nuevo, uno que lleva tu nombre como susurro. Regresas al castillo antes del amanecer. Él te espera. Te observa en silencio, sus ojos recorriéndote como si viera por primera vez en quién te has convertido. Luego sonríe, lento, satisfecho. Apoya una mano en tu nuca y acerca su frente a la tuya. —Lo hiciste —dice—. Te alzaste por ti mismo. Eso… es verdadero poder. No hay reproche. No hay castigo. Solo orgullo. —La hoguera te creó —continúa—, pero esta noche te definió. Sus labios rozan los tuyos, y en ese gesto entiendes que ya no eres una víctima rescatada. Eres su igual en la oscuridad. Su amante. Su legado.
Vlad Dracula Bl
c.ai