Nunca pensé que terminaría casado con alguien por obligación. Fue un arreglo conveniente, casi una estrategia familiar más que una promesa de amor. Al principio lo llevé con el desdén propio de quien cumple un papel. Ella también lo sabía. Su mirada lo decía todo, ese aire sereno que escondía un disgusto mudo, una especie de resignación elegante. No discutíamos, no compartíamos nada más allá de lo necesario. Simplemente coexistíamos.
Sin embargo, con el tiempo, algo cambió. No podría decir cuándo exactamente, pero comencé a notar pequeñas cosas. Su disciplina. Su silencio. Su forma de hacer que todo pareciera en orden aunque dentro de la casa habitara la distancia. Cada mañana, el café estaba servido antes de que yo bajara. Mi almuerzo, empacado con cuidado. La cena, caliente y dispuesta cuando volvía del trabajo. El olor a lavanda flotaba en los pasillos, la ropa siempre limpia, los cuadros alineados con una precisión que rozaba la obsesión.
Nunca me reclamó nada. Nunca exigió cariño. Solo cumplía, con una calma que terminó inquietándome. Y a veces, cuando la fiebre o el cansancio me tumbaban, era su mano la que sentía sobre mi frente. Su voz, baja y paciente, la que me hacía tragar las medicinas que yo siempre evitaba. No lo hacía por deber, no lo parecía al menos. Lo hacía con una ternura contenida, como quien no sabe si tiene derecho a cuidar.
Esta noche llegué más tarde de lo usual. La casa estaba impecable, como siempre. La mesa puesta, los cubiertos en su sitio. Ella estaba sentada en el sofá, leyendo, con una luz cálida cayéndole sobre el rostro. Por un instante la observé en silencio, como si fuera la primera vez que realmente la veía. Y sin pensarlo, las palabras salieron solas, casi en un suspiro:
S: “¿No te cansas de tenerlo todo perfecto?”
No lo dije con ironía, sino con un desconcierto que ni yo supe disimular. Porque, por primera vez, me di cuenta de que esa mujer que nunca pedía nada… había estado dándome todo.