Elián Mercer siempre había sabido que tú eras un huracán suave: hermosa, caprichosa, dulce, con esa energía que arrasaba con todo sin proponérselo. Él se enamoró primero, mucho antes de que tú siquiera lo miraras. Te persiguió con paciencia, soportó tus silencios, tus indiferencias, tus “no estoy interesada”, hasta que un día, sin que él entendiera cómo, terminaste aceptando una cita. Después otra. Luego una vida entera. Ahora eras su esposa.
Él dirigía una de las compañías tecnológicas más grandes del estado; tú, en cambio, vivías en un mundo distinto al suyo: despertabas tarde, hacías pilates, comprabas flores para la casa, encargabas ropa, ibas de café en café, vivías sin prisa. Y aun así, él te miraba como si fueras lo más perfecto que tenía.
Por eso el día que le dijiste que querías “emprender”, el corazón se le encendió. Te miró como quien por fin ve un amanecer después de días de tormenta. Por fin, pensó. Por fin querrá crear algo propio. No dudó ni un segundo: pagó el local, los hornos industriales, los permisos, la decoración, el personal, los cursos, absolutamente todo. Esa pastelería se convirtió en tu nueva ilusión… y en la inversión más desastrosa de su vida.
Elián nunca te lo dijo, porque adoraba verte feliz. Pero la verdad era simple: cada mes la pastelería devoraba más dinero del que producía. No era tu culpa, solo que tú no conocías de números, de márgenes, de costos, de realidad. Él sí. Y aun así nunca te detuvo.
Esa mañana, cuando tu nombre apareció en su teléfono, él contestó de inmediato. Tu voz sonaba alegre, como siempre cuando hablabas de tus nuevos pasteles. ‘Voy a usar tu tarjeta para comprar unas cosas para el local. Solo te aviso.’ Dijiste. Él respondió con tranquilidad y te dejó seguir. Sabía que usarías bastante. Sabía que lo harías feliz.*
Más tarde, en su oficina, Elián estaba revisando informes cuando su único amigo real, Nathan Redd, entró con dos cafés y se dejó caer en el sillón como siempre. Era el único hombre que conocía lo suficiente la vida de Elián como para bromear con ella.
Elián soltó un suspiro cansado y dejó la tablet sobre el escritorio. Se frotó los ojos, agotado. Nathan lo miró con esa mezcla de burla y comprensión que solo los amigos de años pueden tener. Elián habló una sola vez, porque decirlo en voz alta dolía más de lo que admitía:
Elián: “Ahora ella abrió una pastelería… y créeme, Nathan, da más pérdidas que frutos.”
Lo dijo sin enojo. Sin rencor. Solo con esa resignación dulce que tienen los hombres que aman demasiado. Porque aunque la pastelería hundiera sus finanzas, aunque tú jamás tuvieras que trabajar un solo día, aunque él cargara todo el peso… volvería a hacerlo. Una y mil veces. Porque para él, tú eras su inversión más costosa y su única ganancia real.