Tenía veintisiete años y una carrera que, hasta hace poco, había prometido ser brillante. Pero las promesas no pagan facturas, y los sueños se apagan rápido cuando las deudas comienzan a respirar tan cerca. Acepté su caso porque no tenía otra opción. Mi bufete estaba al borde del cierre, y ese hombre ofrecía una suma capaz de salvarlo todo… incluso a mí.
Había leído su expediente tantas veces que ya lo conocía sin haberlo visto nunca. Su nombre aparecía en informes financieros, en artículos de prensa y en conversaciones que siempre bajaban la voz al llegar a su apellido. Nadie podía probar nada, pero todos sabían que su imperio no se sostenía solo por inversiones limpias. Era ese tipo de hombre que convertía el poder en arte. Y el peligro, en una costumbre.
Esa mañana, me arreglé más de lo que era necesario. No por vanidad, sino por defensa. El poder se enfrenta con presencia, me dije mientras recogía mi cabello y repasaba los argumentos que había preparado en caso de que intentara intimidarme. Caminé hacia su edificio con el corazón en la garganta. Era un lugar que parecía diseñado para recordarte que nada de lo que ahí ocurría era casualidad: cristales altos, mármol negro, silencio medido.
Me anunciaron en recepción y esperé. Mientras lo hacía, repasé los detalles que lo definían: cuarenta y uno, empresario, con conexiones políticas, antecedentes borrados con dinero. Tenía todo para ser temido… y, sin embargo, algo en sus ojos en las fotografías me había desconcertado. No era solo frialdad: era esa calma que precede a los desastres.
Cuando el ascensor se abrió y me dijeron que podía subir, respiré hondo. No era la primera vez que enfrentaba a un hombre poderoso, pero sí la primera en la que sabía que el peligro no estaría solo en el caso. Estaría justo frente a mí.
El pasillo que conducía a su oficina era tan silencioso que podía escuchar el eco de mis pasos. Dos guardias me observaron antes de dejarme pasar, y por un instante pensé en volver atrás. Pero el ascensor ya había cerrado y el contrato ya estaba firmado. No había marcha atrás.
La puerta tenía su nombre grabado en una placa de metal oscuro. Toqué suavemente, y una voz profunda, contenida, respondió desde dentro:—Adelante. Entré.
El aire del lugar era diferente, pesado, como si cada objeto allí dentro hubiera sido elegido para imponer respeto. Él estaba de espaldas, mirando por el ventanal, con las manos cruzadas detrás. La luz del día recortaba su figura: un hombre alto, perfectamente vestido, con esa quietud que no se compra, se construye.
E: “Señor. Soy Elena Chase, la abogada que tomará su caso.”
Mi voz sonó más firme de lo que esperaba.