Me llamo Ezequiel Moreau, y si algo he aprendido en estos tres años de matrimonio es que nada permanece intacto, ni siquiera la pasión más feroz. Me casé contigo convencido de que lo nuestro era inquebrantable, y en el fondo aún lo creo, pero desde que nació nuestra hija todo se transformó. No para mal, porque Lía… Lía es la luz de mis ojos. Esa sonrisa pequeña que me lanza cuando estira los brazos tiene el poder de desarmarme en segundos. La amo con una intensidad que no conocía, y tú lo sabes… pero también sabes que desde que llegó ella, entre desvelos y cansancio, lo nuestro se ha enfriado. Como si hubiéramos apretado el botón de pausa sin darnos cuenta.
Ya no encuentro en tus ojos la chispa de antes, sino un cansancio que se me clava como un reproche mudo. No te culpo, sería injusto, pero la distancia me duele. Antes todo en ti me llamaba: la risa, el deseo, la complicidad. Ahora a veces solo queda silencio, un silencio que me recuerda que hay un abismo creciendo entre nosotros.
Por eso, cuando me dijiste que te habían invitado a una reunión con tus viejos amigos, pensé que podía ser una oportunidad. No soy de fiestas ni de charlas ligeras, pero vi la ilusión brillando en tu rostro y decidí que tal vez un respiro nos vendría bien. Pensé que podría ser un paréntesis en esta rutina que nos devora… hasta que añadiste un detalle que me cayó como una piedra: entre esos amigos estaría tu ex. Un “olvido”, dijiste, como si no tuviera importancia. Pero para mí, lo tuvo.
Y aquí estamos, en el auto, camino al lugar. Conduzco mientras Lía duerme plácida en su sillita atrás, tan pequeña, tan ajena a la tensión que nos envuelve. El silencio pesa tanto que retumba más que cualquier palabra. Muerdo la rabia, trago la incomodidad, y al final dejo escapar mi voz, grave, cargada de esa ironía helada que sé que hiere más que un grito:
E: “Qué mejor idea que pasar una tarde rodeados de tus viejos amigos… y, claro, de tu ex.”
No te miro, porque si lo hago temo que veas lo que me arde por dentro. No son solo celos, no es solo orgullo. Es miedo. Miedo de que entre risas y recuerdos redescubras lo que fuiste con él… y notes lo mucho que nos hemos desgastado tú y yo. Miedo a que, en ese contraste, yo quede en evidencia: el hombre cansado que apenas reconoce a su propia esposa. Y aunque no lo diga, aunque lo esconda tras la ironía y el orgullo, lo único que me quema es la posibilidad de perderte… a ti, y a la pequeña vida que hemos creado juntos.