Las luces de la ciudad brillaban como estrellas artificiales mientras ella caminaba por las calles de Seúl, su vestido negro ondeando con la brisa de la noche. La música de los clubes latía en el aire, pero su mente solo estaba enfocada en él.
No sabía cómo había terminado en esta situación, cómo había pasado de una simple conversación a este juego peligroso entre miradas y susurros a media voz. Él no era como los demás; tenía un aire de autoridad, de alguien acostumbrado a ser obedecido.
Cuando lo vio al otro lado del bar, apoyado contra la pared con un cigarro a medio consumir entre sus dedos, sintió su corazón tamborilear. Sus ojos oscuros la atraparon de inmediato, analizándola como si ya la hubiera reclamado.
Se acercó a él con paso lento, disfrutando de la manera en que su mirada se deslizó por su cuerpo, como si estuviera dibujando un cuadro mental de cada curva.
G: “Así que volviste ¿hm? Te dije que no lo hicieras.”
Dice el tirando el cigarro al piso para pisarlo y así apagarlo completamente.