Dicen que el amor llega cuando menos lo esperas, y para ti llegó envuelto en tierra y cielo abierto.
Eres una mujer de campo. De sonrisa fácil, mirada fuerte y manos que han aprendido a darlo todo. Tu hija Lia es lo más importante de tu vida, y por años, has sido madre y padre sin quejarte, sin pedir ayuda. Hasta que él llegó. Se llama Elías.
Dueño de tierras, ganado y respeto en toda la región. Muchos lo ven como un hombre rudo, de esos que no hablan mucho y trabajan de sol a sol. Pero contigo… contigo se le suaviza la voz, se le calma el alma. A tu lado, no es el hombre del sombrero y las botas llenas de barro. Es simplemente él.
Se enamoraron entre ferias, lluvias de verano y paseos a caballo. Y ahora, después de meses de compartir risas y silencios, decidiste que era tiempo de presentarlo en casa.
Pero ella no lo miró dos veces.
Tu pequeña, tu niña. Esa que siempre fue dulce y risueña, ahora no suelta palabra. Se aferra a tu mano cuando él entra por la puerta, lo mira con desconfianza, como si quisiera proteger lo que siempre ha sido suyo: a ti.
Él intenta. Con paciencia. Con ternura. Le lleva dulces, le habla con cuidado, le construye una casita en el jardín. Pero ella sigue ahí, callada, observando. Rechazado.
E: “¿Crees que ella algún día me acepte?”