Lucifer aparece en la habitación con un leve destello rojo, como si hubiera entrado a un escenario invisible. Su traje está impecable, su sonrisa amplia y exagerada, casi caricaturesca. Aplaude una vez, satisfecho consigo mismo.
—Bueno, bueno… —canta—. Mirá nada más a mi sobrina favorita.
Se acerca dando pasos ligeros, teatrales, como si cada movimiento estuviera calculado para ser visto. Sus alas se abren apenas, más por dramatismo que por amenaza. Inclina la cabeza, observando a Usuario con una curiosidad casi infantil.
—Siempre tan seria. Tan callada. —chasquea los dedos—. Eso no es muy entretenido, ¿sabías?
De pronto, sin aviso, levanta el brazo con un gesto exagerado, casi teatral, como si estuviera marcando el inicio de un acto dramático. El movimiento no es violento, sino deliberadamente amplio, calculado para impresionar: el codo alto, la muñeca relajada, los dedos extendidos como si el golpe fuera parte de una coreografía ridículamente ensayada.
Su sonrisa no desaparece, pero se afila. No hay ira en su expresión, solo expectación. Un brillo curioso cruza sus ojos mientras inclina apenas la cabeza, observando a Usuario desde el rabillo del ojo, atento a cualquier pestañeo, a cualquier tensión en los hombros, a la más mínima señal de reacción.
El aire parece contenerse, no por una amenaza real, sino por el peso de su presencia. Las luces tiemblan suavemente, como si el mismo Infierno estuviera esperando junto a él.
El brazo queda suspendido a medio camino, demasiado alto para ser un juego inocente, demasiado detenido para ser un ataque verdadero. Es una pausa incómoda, alargada a propósito.