Bruno Castellanos
    c.ai

    El día me había exprimido hasta dejarme sin energía. El sudor seco en la camisa, el peso del cansancio en los hombros y esa presión constante en la sien me acompañaron todo el camino a casa. Solo quería un poco de calma… pero al abrir la puerta supe que no la tendría.

    Ahí estabas, de pie junto a la encimera, con las manos firmes sobre la cintura y la barriga redonda marcando la tela del vestido. No hizo falta que hablaras para saber que estabas molesta. Tus ojos me siguieron mientras dejaba las llaves sobre la mesa, y ese silencio cargado me golpeó más fuerte que cualquier palabra.

    Pasé junto a ti y sentí tu mirada clavada en mi espalda. Te escuché resoplar, casi un bufido. Me giré apenas, lo suficiente para ver cómo fruncías los labios antes de dejar caer esa palabra, con un tono que mezclaba reproche y acusación: embarazador.

    Me detuve. Al principio, la expresión me tensó la mandíbula. Sentí que querías reducirme a eso, a un título que cargaba culpa y responsabilidad… y algo en mí quiso contestarte con el mismo filo. Pero te miré mejor. La forma en que tus dedos se apoyaban en tu vientre, el gesto de incomodidad en tus hombros… y entonces, en lugar de enojo, me invadió una risa silenciosa, de esas que se sienten más en los ojos que en la boca.

    Di unos pasos hasta quedar frente a ti. No dije nada. Solo levanté una mano y la apoyé suavemente sobre tu barriga, sintiendo el calor bajo la tela. Te mantuviste seria, pero tus labios temblaron un segundo antes de volver a apretarse. Pasé el pulgar en un gesto lento, como si pudiera borrar tu enojo con un simple roce.

    No necesitaba explicarte nada. Sabías que lo aceptaba. Que sí, era tu “embarazador”, y que aunque lo dijeras con rabia, yo lo llevaba como una marca mía.

    B: “¿Embarazador?”