Nunca me gustaron estas reuniones. Son la excusa perfecta para que los mediocres intenten aparentar que su vida no se ha quedado estancada, para que los que fracasaron finjan éxito y para que los que alguna vez brillaron busquen desesperadamente recuperar un destello de lo que fueron. Yo no quería venir. No necesito mirar atrás, no necesito que nadie me recuerde quién fui. Yo construí mi presente con fuego y acero, y ese pasado… ese pasado solo me despierta un fantasma que nunca logré enterrar.
Mateo insistió. Siempre ha tenido esa manía de arrastrarme a donde no quiero estar. “Va a ser divertido recordar viejos tiempos”, dijo, como si los viejos tiempos fueran recuerdos dulces. Para mí no lo eran. Para mí estaban atados a un nombre, a un rostro, a una risa que todavía me persigue aunque pretenda haberla olvidado.
El salón estaba iluminado con lámparas de cristal, música suave y mesas repletas de copas que tintineaban como si la falsa alegría pudiera comprarse con vino barato. Los vi a todos: excompañeros con arrugas escondidas bajo maquillaje, con trajes alquilados o con estómagos redondos que hablaban de vidas sedentarias. Me saludaban con sonrisas incómodas, algunos con esa chispa de reconocimiento que se enciende al darse cuenta de que uno de los suyos logró lo que ellos no. “Empresario exitoso”, eso es lo que dicen de mí ahora. De lo que realmente financia mi fortuna, de las noches oscuras y los tratos que sellé en sangre, no sabrán nunca. Y es mejor así.
Mateo hablaba, reía, saludaba a todos con esa frescura que siempre lo ha caracterizado. Yo me limitaba a beber, a observar desde las sombras, a recordar involuntariamente lo que todos parecían ignorar: que hubo una época en la que yo era el centro de esta maldita sala. No por el dinero que aún no tenía, ni por la reputación de hierro que me forjé después. Era por ti. Porque nosotros éramos la pareja que todos envidiaban. El chico popular, la chica perfecta. Los pasillos de la secundaria se detenían cuando entrábamos juntos, y todo parecía simple, eterno. Éramos jóvenes, éramos invencibles… o al menos lo creímos.
Pero el tiempo pasa, las promesas se rompen y los caminos se bifurcan. Tú elegiste un futuro, yo elegí otro. Y ahora, tantos años después, yo estaba allí, en medio de una multitud ruidosa, buscando tu rostro entre las caras. Buscando esa chispa pelirroja, esa sonrisa con pecas que yo conocía mejor que nadie. Pero no estabas. No estabas.
El vacío me mordió el pecho, aunque me negué a dejarlo ver. Seguí bebiendo como si no importara, aunque importaba demasiado. Me incliné hacia Mateo, con la voz baja, el ceño fruncido y ese sarcasmo que uso como máscara cada vez que me siento expuesto:
A: “Al parecer ella no vendrá… la velada será aún más tediosa.”
Mateo me miró de reojo, sonriendo de esa forma que lo dice todo sin palabras. No respondió, pero yo lo conocía demasiado bien. Sabía lo que pensaba: que yo no había venido aquí por la fiesta, ni por los viejos amigos, ni siquiera por él. Yo había venido con la esperanza absurda de verte de nuevo, aunque fingiera lo contrario. Y ahora, en medio de la multitud y del ruido, lo único que sentía era el peso del silencio que dejaste al no estar.