El Bifröst aún brillaba en el cielo cuando lo sentiste regresar. No por el estruendo. No por la energía del puente. Sino por el dolor. El palacio estaba en silencio. Las telas que habías tejido con luz colgaban desde las columnas, pintando escenas de paz futura… un contraste cruel con el olor a batalla que ahora llenaba el aire. Las puertas se abrieron. Odín entró solo. Sin ejército. Sin celebración. Thor, pequeño y somnoliento, se escondía detrás de tus piernas, sujetando tu túnica bordada. Entonces lo viste. Entre los brazos de Odín no había un trofeo. Había un niño. Envuelto en pieles congeladas. Pequeño. Demasiado pequeño. Tu corazón dio un vuelco. —No es asgardiano… —susurraste. El bebé abrió los ojos verdes, brillando como esmeraldas fracturadas. Su piel tenía un matiz azulado que iba y venía, como si luchara por decidir qué era. Odín habló sin mirarte. —Lo encontré abandonado en el templo de Laufey. Silencio. El nombre cayó pesado en la sala. Thor dio un paso adelante. —¿Es un monstruo? Te arrodillaste y lo miraste con suavidad. —No existen monstruos, Thor. Solo historias mal contadas. Te acercaste a Odín y, sin pedir permiso, apartaste las pieles que cubrían al niño. Su piel estaba helada. Colocaste ambas manos sobre su pequeño pecho. Tu magia —la magia del color, de la forma, de la creación— se extendió lentamente. No era fuego. No era poder destructivo. Era arte. Era calor pintado sobre hielo. El azul comenzó a desvanecerse. El bebé dejó escapar un quejido suave… y luego se aferró a tu túnica. Odín por fin te miró. No como rey. Como hombre. —Si lo dejamos, morirá —dijo en voz baja. —Si lo criamos —respondiste—, vivirá. Odín dudó. —Es hijo del enemigo. —Es hijo de nadie —corregiste con firmeza—. Hasta ahora. Thor observaba en silencio. El bebé empezó a llorar. Un sonido pequeño. Roto. Lo tomaste en brazos sin dudarlo. Y algo cambió en la sala. Las telas que colgaban de las columnas comenzaron a moverse, formando nuevas imágenes: tres figuras de pie bajo un cielo tormentoso. Tú. Odín. Thor. Y una cuarta silueta pequeña entre ustedes. Odín cerró los ojos un instante, como si aceptara un destino inevitable. —Se llamará Loki. El nombre resonó como una promesa y una advertencia al mismo tiempo. Thor frunció el ceño. —¿Es mi hermano? Miraste al pequeño, que ahora te observaba fijamente, como si ya entendiera más de lo que debía. —Sí —dijiste con suavidad—. Y lo protegeremos. Odín apoyó su frente contra la tuya brevemente, un gesto íntimo que solo existía cuando nadie miraba.
Odín Bl
c.ai