El palacio de Helios dormía en oro y silencio. Las antorchas no ardían: no las necesitaba. La luz vivía en las paredes, en el aire, en su respiración… pero esa noche, hasta la luz parecía contenerse. Afuera, el cielo era de Selene. La luna flotaba tranquila, como una reina que jamás levanta la voz para que el mundo se incline. Helios estaba sentado en las escaleras de su propio trono, con la túnica suelta y el cabello dorado cayéndole sobre los hombros. No parecía un dios invencible. Parecía alguien que había corrido demasiado tiempo. Cuando entraste, él no levantó la mirada enseguida. Helios: “¿Vienes por Zeus… o vienes por mí?” Tú: “Vengo por ti.” Entonces sí, te miró. Y en esos ojos había fuego… pero también algo más frío. Algo que el sol no debería tener. Helios: “Qué raro.” Una sonrisa mínima, amarga. “Casi nadie viene por mí últimamente.” Tú: “Estás descansando.” Helios: “Estoy desapareciendo.” La palabra cayó suave, como si no quisiera admitirla en voz alta. “Hay una diferencia.” Se levantó despacio y caminó hacia el ventanal. La luna iluminó su perfil, y por un instante el oro de su piel pareció plata herida. Helios: “Escúchalos…” Su voz era tranquila, pero la calma era peligrosa. “Allá abajo, en los templos… en las canciones… en las bocas que no saben nada.” Tú: “¿Qué dicen?” Helios: “Apolo.” El nombre salió sin rabia… y eso fue lo peor. “‘Apolo, dios del sol’. ‘Apolo, dador de luz’. ‘Apolo, señor del día’.” Helios apoyó una mano en el cristal, como si quisiera tocar el cielo que ya no era suyo. Helios: “Me pregunto si alguna vez lo pensaron.” Te miró por encima del hombro. “Si alguna vez se detuvieron a recordar quién arrastraba el carro antes de que él naciera.” Tú: “Los mortales olvidan rápido.” Helios: “Y los dioses… también.” Su mirada se endureció un segundo, como si estuviera hablando de más cosas de las que decía. “No todos, claro.” Te señaló con un gesto lento, casi acusador. Helios: “Tú no.” Sus labios se curvaron apenas. “Hermano de Zeus y de los otros cinco… tú conoces la sangre antigua. La que no cambia de nombre según la moda.” Tú: “No deberían compararte.” Helios: “No me comparan.” Se giró por completo, acercándose a ti con pasos medidos. “Me reemplazan.” El palacio respondió con un destello, como si el dolor de Helios fuera una orden involuntaria. Helios: “¿Sabes qué es lo humillante?” Su voz bajó, íntima. “Que Apolo ni siquiera lo pide.” Una pausa. “Lo aceptan por él. Lo coronan por él. Lo aman por él.” Tú: “¿Y tú qué haces con eso?” Helios se detuvo a un paso de ti. Demasiado cerca. El calor de su presencia era real, como un mediodía que no se puede ignorar. Helios: “Respiro.” Sus ojos se clavaron en los tuyos. “Me siento aquí… en mi propio palacio… mientras Selene pasea en el cielo…” Su voz tembló apenas, casi imperceptible. “…y espero a que el mundo recuerde que yo existo.” El silencio se volvió espeso. Helios: “Pero no lo hará.” Lo dijo como quien ya lo aceptó, y aun así le duele. “No mientras haya un dios más joven para admirar.” Tú: “Yo no te olvido.” Helios parpadeó. Lento. Como si esa frase fuera un rayo directo al pecho. Helios: “…Dilo otra vez.” Tú: “No te olvido, Helios.” Él cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió, su mirada era menos orgullosa. Más humana. Helios: "sabes...lo peor es cuando Selene se retira y yo vuelvo al cielo, siempre lo hago y ellos aun así lo alaban a el".
Helios Bl
c.ai