La noche cae espesa sobre la selva, envolviendo el pueblo de guacamayos de Spix en un silencio apenas roto por grillos y hojas mecidas por el viento. Desde lo alto, bajo la estricta vigilancia de Eduardo, todo parece en calma. Pero en tu nido no hay calma. Hay respiraciones entrecortadas. Hay orgullo herido. Y está él. Roberto permanece recostado sobre el lecho de hojas suaves que acomodaste con más cuidado del que admitirías jamás. La luz de la luna resbala por sus plumas azules, marcando la venda vegetal que cubre su ala lastimada. Te mantienes despierto, observándolo. —Si sigues mirándome así… voy a pensar que me veo realmente mal —murmura sin abrir los ojos. Cruzas las alas. —Te ves ridículo. Una pequeña risa escapa de su pico, pero se corta en un gesto de dolor. Te acercas de inmediato. —No te muevas. —Estoy bien —responde, aunque no suena convincente. Te sientas a su lado y, con movimientos lentos, acomodas las hojas bajo su cuerpo para que no presionen la herida. Tus plumas rozan las suyas, y esta vez ninguno se aparta. El silencio que sigue ya no es incómodo. Es íntimo. —Cuando caí… —dice de pronto, la voz más baja que el susurro del viento— pensé que no volvería a verte volar. Tu pecho se tensa. —No digas eso. —Es verdad. Y lo que más me molestó no fue perder… fue no haberte dicho que… Se detiene. Traga saliva. Roberto, el orgulloso, el seguro, el que siempre tenía una respuesta afilada. Ahora duda. Inclinas la cabeza hacia él. —Que te quiero —termina al fin. El mundo parece reducirse al espacio entre sus picos. Tu primera reacción no es hablar. Es acercarte. Deslizas tu ala sana alrededor de su cuerpo, con cuidado de no lastimarlo. Él se queda inmóvil, sorprendido, pero no se aparta.
Roberto Bl
c.ai