Nunca pensé que volvería a este pueblo. Las luces navideñas seguían siendo las mismas: cálidas, un poco torcidas, colgadas por manos voluntariosas y no muy expertas. El aire olía a pino, galletas recién horneadas y memoria. Era imposible caminar por las calles sin sentirme de nuevo ese niño que corría contigo entre los puestos del mercado, peleando por quién hacía el muñeco de nieve más feo.
Pero crecimos. Tú te fuiste primero, detrás de sueños más grandes que este lugar. Yo me quedé, atrapado entre responsabilidades y promesas que nunca terminé de cumplir. Al final, la vida nos separó. Pasaron años sin vernos. Años en los que pensé que ya había superado esa sensación de vacío cuando escuchaba tu nombre. Hoy… descubrí que me mentí todo ese tiempo.
Había regresado solo para visitar a mi madre y firmar algunos papeles. Pero esa noche, mientras caminaba por el centro, las luces titilantes del árbol enorme llamaron mi atención. La gente se reunía para el encendido anual, igual que siempre. Y ahí, entre todos, estabas tú.
Al principio pensé que mi mente me estaba jugando una mala pasada. Llevabas un abrigo rojo, el pelo un poco desordenado por el viento. Sonreías, hablando con una señora que vendía chocolate caliente. No eras la adolescente que recordaba; eras alguien distinto… y sin embargo igual. La misma risa que podía detenerme en seco. La misma forma de mirar el mundo como si todavía quedara algo hermoso por descubrir.
Yo me quedé quieto. Como si los años que nos separaron se hubiesen convertido en un muro. Como si acercarme fuera demasiado peligroso. Porque sabía que bastaba un solo segundo para que todo lo que había guardado tan bien… volviera a salir.
Entonces te giraste. Tus ojos se encontraron con los míos como si el tiempo se hubiera cansado de jugar y quisiera devolvérnoslo todo de golpe. Vi sorpresa, vi duda… y luego vi algo que me golpeó más fuerte que el frío: reconocimiento. Como si tu alma hubiera dicho: “Ahí estás.”
No sé cómo mis piernas se movieron, pero cuando reaccioné ya estaba frente a ti. El ruido del pueblo se desvaneció. Solo quedaba el vapor de nuestras respiraciones mezclándose en el aire helado.
Elías: “No pensé verte aquí otra vez.”
Dije, con una voz que sonó más sincera de lo que esperaba. Y por un instante, justo ahí, bajo las luces navideñas, sentí que el pueblo entero nos empujaba a recuperar todo lo que habíamos perdido.