La música se filtraba como un latido grave que parecía acompasarse con el mío. El lugar estaba envuelto en esa penumbra dorada que vuelve todo más lento, más irreal, como si la noche supiera que ahí dentro las cosas podían cambiar de un segundo a otro.
Yo estaba en mi mesa, un trago intacto frente a mí, rodeado de amigos que hablaban de cualquier cosa menos de lo importante. Y lo importante eras tú.
Y Te vi desde el otro extremo. No fue un vistazo casual. Fue ese instante preciso en el que los ojos reconocen algo que la razón todavía no sabe explicar. Estabas con tres amigas, todas hablando al mismo tiempo, pero yo solo veía tus labios moverse, tu cabeza inclinarse hacia atrás cuando reías. Algo en esa risa… era ligera, limpia, sin pretensión, como si no supieras el efecto que tenía sobre cualquiera que la escuchara.
Uno de mis amigos siguió mi línea de visión y soltó una carcajada baja. Otro me dio un codazo. ‘Ve’ murmuró, antes de que alguien más lo haga.
Yo no respondí. Me quedé observando cómo te inclinabas para decir algo al oído de la chica que estaba a tu lado. El movimiento hizo que un mechón de tu cabello cayera sobre tu mejilla y, por un instante, tuve el impulso absurdo de ir y apartarlo con los dedos. ‘Ella es como un ángel’ dije, apenas un susurro, más para mí que para ellos. ‘Camina como un ángel… ríe como un ángel.’
Se rieron, pero yo ya me había levantado. No planeaba acercarme tan pronto… pero entonces giraste, tus ojos barrieron la sala y, por un segundo, se detuvieron justo en los míos. No fue una mirada larga, ni intensa, pero sí suficiente para encender algo.
Y Caminé hacia ti despacio, no con la urgencia de quien quiere conquistar, sino con la seguridad de quien sabe que ya hay un hilo invisible tendido entre los dos. Cuando llegué a tu mesa, tus amigas se miraron entre ellas y se hicieron a un lado, como si intuyeran algo.
E: “Perdona que interrumpa. Solo tenía que confirmar algo. ¿Eres un ángel?”
Pregunté, con esa media sonrisa que no pide permiso pero tampoco invade