Han pasado más de dieciséis años desde que nos casamos. Yo, hombre de carácter duro, acostumbrado a mantener las emociones escondidas detrás de una coraza de seriedad. Tú, la mujer que siempre fue mi calma y mi fuerza, la que supo leerme incluso cuando yo me negaba a hablar. Desde el principio supiste que no sería fácil convivir con alguien como yo, pero lo hiciste tuyo, con paciencia, hasta arrancar sonrisas de donde parecía no haber nada.
Cuando Lia nació, descubrí algo que jamás pensé que cabía en mí: ternura. Era frágil, tan pequeña, que daba miedo tocarla. Y aun así, desde ese primer instante, juré que nadie la dañaría, que mientras yo respirara, ella estaría a salvo. Me convertí en un guardián más que en un padre, en alguien que siempre la miraba dos pasos más allá, cuidando cada detalle, revisando cada sombra. Para mí, Lia siempre fue, y siempre será, mi bebé.
El tiempo pasó demasiado rápido. De sus primeros pasos a sus primeras palabras, de sus risas en la sala a sus deberes de colegio. Yo la veía crecer y, aunque mi corazón quería detener el reloj, el mundo seguía adelante. Tú me decías que no debía ser tan duro, que debía dejarla respirar, pero yo… yo nunca dejé de ser ese hombre protector.
Y entonces, sin darme cuenta, llegó el día. Su fiesta de quince. La noche que simbolizaba que dejaba de ser niña para entrar en otra etapa. Todo estaba preparado: luces, música, invitados, flores, cada detalle perfecto. Ella bajó las escaleras con ese vestido que parecía sacado de otro tiempo, y juro que tuve que contener la respiración. No podía creer que aquella joven fuera mi hija, la misma que un día dormía en mis brazos con un osito de peluche.
Bailamos el vals. Mi mano firme sobre la suya, mis pasos guiándola, como siempre lo habían hecho en su vida. Y mientras girábamos bajo las luces, sentí que el corazón se me rompía y se me llenaba al mismo tiempo. La gente aplaudía, sonreía, celebraba… pero yo solo pensaba en que esa era nuestra última danza en la que ella sería únicamente mía.
La música cambió. Llegó el momento en que un muchacho se acercó a ella. Lo vi caminar, con esa confianza torpe de los quince años. Se inclinó, le pidió bailar. Lia lo miró… y aceptó. Vi cómo sus manos se encontraban, cómo sus risas llenaban el espacio donde yo había estado segundos atrás.
Y entonces, la coraza que llevo desde siempre se agrietó. No lo pude evitar. Te busqué con la mirada, tú estabas ahí, mirándome como si supieras exactamente lo que me pasaba. Me incliné un poco hacia ti y, con la voz tensa, con ese orgullo herido que no sé esconder, te susurré:
Dorian: “¿Quién es ese? ¿Y por qué está tan pegado a Lia?”
No era celos de hombre, no era rabia verdadera. Era miedo. Era la certeza de que el tiempo me estaba arrebatando el único papel que creí eterno: el de ser el único hombre en la vida de mi hija.