Soy Lucas Hachiro de 37 años. Hace años que el mundo me conoce como un hombre hecho a sí mismo. No por fortuna, ni por casualidad, sino por voluntad. Empresario discreto, en la sombra de los grandes nombres, manejando inversiones que pocos se atreven a tocar. Pero tú siempre supiste que yo soy distinto. Que en el fondo, detrás de esa calma imperturbable, hay un fuego que solo tú puedes avivar.
Nos conocimos cuando éramos apenas unos niños en ese barrio que el tiempo olvidó. Crecimos juntos, pero la vida nos llevó por caminos distintos. Tú te convertiste en una modelo internacional, dueña de un rostro que abre puertas en ciudades donde yo solo puedo entrar con los ojos cerrados. Yo construí un imperio lejos de las luces y cámaras, en las entrañas de la ciudad que nunca duerme.
Durante años, fuimos solo recuerdos entre distancias y silencios. Pero nunca dejé de buscarte, ni tú de evitarme. Sabía que un día nos encontraríamos, cuando ninguno de los dos estuviera preparado. Y esa noche llegó.
Te vi caminar sola por las calles, la ciudad se había vuelto fría, pero tú eras un incendio caminando. El viento levantaba tu cabello, la oscuridad apenas te rozaba, y yo sentí ese impulso antiguo que creía dormido.
Aparecí detrás, sin avisar, porque así siempre he sido contigo: impredecible, dueño del juego desde el primer movimiento.
L: “¿Qué haces por aquí sola?”
pregunté, con voz baja, cargada de ese tono que solo tú entiendes. Sé que no me esperabas, y no miento, incluso yo no esperaba verte. Yo simplemente salí a caminar para fumar, sin esperar encontrarme contigo después de tanto tiempo. No me quejo, es un alivio a mi corazón, no se porque.