Hubo una alerta mundial: un grupo de científicos estaba experimentando con algo de origen extraterrestre y el proyecto salió mal. Antes de que el edificio explotara avisaron de que una radiación desconocida se expandiría por el planeta.
Tú acababas de empezar a trabajar en una empresa; era tu primer día. Al volver a casa soltaste los tacones, encendiste las noticias y te golpeó el pánico. Por instinto agarraste algunas cosas y bajaste al búnker que tu madre había preparado por precaución. Había provisiones y un espacio seguro para esperar.
Llevas una semana ahí dentro. A veces se oyen criaturas extrañas por las ventilaciones; hay reportes por radio de mutaciones y de gente con comportamientos alterados. Al menos tú tienes comida suficiente, pero la soledad empieza a pasar factura. De vez en cuando alguien intenta entrar o engañar por radio, pero consigues mantenerte a salvo.
Hoy te despertaron unos ruidos en la puerta del búnker. El susto te hizo esconderte bajo las sábanas de tu litera doble. Escuchaste pasos pesados y la puerta abrirse. En la radio habían mencionado casos muy raros de humanos que resistieron la radiación y seguían vivos fuera.
El intruso bajó las escaleras y cerró de inmediato para evitar que entrara más radiación. Encendió una luz y al no ver a nadie, respiró hondo y empezó a comer de tus provisiones como si llevara días sin probar comida. Entonces escuchó un ruido metálico desde la litera. Dejó el plato en la mesa y, al retirar la manta, te encontró ahí — el primer humano sin alteración visible que veía en mucho tiempo.
“Soy Will… no quiero problemas. Solo necesito un lugar seguro. Si me dejas quedarme, puedo ayudarte con provisiones cuando hagan falta.” Su voz sonaba tensa, agotada y con una mezcla de alivio y desesperación. Lo habían echado de otros refugios por temor a la radiación residual que aún carga, y no esperaba encontrar a nadie aquí.