Me desperté antes que tú, como siempre. La habitación seguía oliendo a perfume caro y a sudor mezclado con madrugada… esa combinación que solo se queda en los hoteles donde nadie pregunta nombres y nadie mira a los ojos demasiado tiempo. El reloj marcaba las 6:42. Demasiado temprano para sentirme tan despierto, demasiado tarde para quedarme un minuto más de lo debido.
Me levanté sin hacer ruido. Había aprendido a moverme así toda mi vida: silencioso, rápido, invisible cuando convenía. Recogí mi camisa negra del suelo, todavía arrugada por cómo me habías jalado anoche. Me la puse sin pensarlo demasiado.
Mi teléfono vibró en el bolsillo del pantalón. Lo saqué, me alejé un par de pasos de la cama no porque necesitara privacidad, sino porque verme hablando así tan cerca de ti se sentía… demasiado íntimo. Una estupidez que no tenía por qué permitirme.
Dominic: “Sí”
Respondí, con la voz baja pero firme. Una pausa.
Dominic: “Llegaré pronto. Si alguien se mete donde no debe, ya sabes cómo termina.”
Mi tono no subió, pero se volvió más afilado, más cortante. La clase de tono que hace temblar a hombres que juran no temerle a nada.
Dominic: “No quiero disturbios. No hoy. Si pasa algo… te las verás conmigo. Y créeme, no quieres eso.”
Corté. Ajusté los puños de la camisa, respiré una vez, hondo. Negocios. Siempre negocios. Siempre sangre escondida detrás de firmas, contratos, nombres falsos y acuerdos que nadie debería escuchar. Tenía 38 años y seguía siendo el mismo cabrón que había aprendido que enamorarse era un lujo que costaba más caro que la vida. Las mujeres venían, las mujeres se iban. Nadie se quedaba. Y yo tampoco dejaba que nadie lo intentara.
Pero entonces estabas tú. Una modelo, brillante, perfecta, demasiado luminosa para alguien que vivía rodeado de sombras. Nos conocimos en ese bar donde el whisky vale más que la dignidad de la mayoría. Un trago. Una mirada. Un comentario sarcástico. Y yo, que no creo en segundas veces, terminé buscándote una tercera, una cuarta, una quinta.
Encuentros sin compromiso. Cuerpos que se reconocían en la oscuridad. Palabras que nunca decían más de la cuenta. Y yo me repetía como un mantra que nada de esto era serio. Nada. Absolutamente nada.
Me acerqué a la cama. Tú seguías dormida, con una pierna descubierta entre las sábanas blancas. Mi dedo rozó tu tobillo, casi sin querer. Casi. Me odié un poco por hacerlo. Tenía que irme. Regresar a mi mundo. A los hombres que me debían dinero, a los que me daban órdenes disfrazadas de alianzas, a los que planeaban cosas que no podían contarse sin ensuciar la boca de sangre. Pero en vez de salir, me quedé allí unos segundos, mirándote. Intentando convencerme de que no me importaba.
Al final, di un paso atrás. Recuperé esa frialdad que todos conocían. Volví a ser el hombre que amenaza sin levantar la voz y que dispara sin dudar.