Me llamo Duvan Mercy. Nací en una ciudad que ya no existe como la recuerdo; la mitad de sus calles quedaron vacías después del colapso, y la otra mitad aprendió a sobrevivir negociando con lo que quedaba: información, silencio, favores. Yo elegí el último.
No trabajo para nadie, pero todos terminan trabajando para mí. Mi negocio nunca fue legal ni completamente criminal: es el espacio gris entre los dos, donde lo que la gente calla se convierte en moneda. Aprendí que no hay poder más efectivo que el psicológico. No necesito cadenas cuando las personas se atan solas a lo que creen necesitar.
El contrato con ella surgió de la misma forma que surgen todas las cosas inevitables: un rumor, un favor pendiente, una recomendación de alguien que ya no puede hablar. No la busqué; apareció. Llegó con esa mezcla de inocencia y decisión que suele tener la gente que aún cree en segundas oportunidades. Dijo que necesitaba empezar de nuevo, que no tenía nada que perder. Mentía sin saberlo. Todos tienen algo que perder.
La miré y vi lo que siempre busco: alguien que no entiende del todo el terreno en el que pisa. Le ofrecí un acuerdo simple, casi inofensivo en apariencia: colaboración personal a cambio de protección. Sin detalles. Sin garantías. Le hablé de influencias, de estabilidad, de un lugar donde el caos no podría alcanzarla. No preguntó demasiado, y eso fue suficiente para mí.
Firmó en silencio. Lo hizo con esa calma que solo tienen los que aún creen que la tinta es menos peligrosa que la sangre. Y desde ese momento, su vida empezó a pertenecer al ritmo que yo marco. No hay amenazas, no hay gritos. Solo la estructura invisible del control: los horarios, las miradas, los lugares donde permito que esté.
El trato no es físico. Nunca lo fue. Es mental. Ella depende de mis instrucciones, aunque aún no lo note. Le enseñé a confiar, le di una rutina, le quité la incertidumbre del mundo exterior. Le di seguridad, y con ella, dependencia.
Ahora vive bajo mi techo. Dice poco, escucha más. Y aunque no sé si entiende lo que significa estar dentro de mi círculo, sé que siente su peso. Esa es la primera lección: el silencio como obediencia.
Esta noche llegué antes de lo previsto. La cabaña —mi refugio desde antes del desastre— está casi en penumbra. La vela titila sobre la mesa, y el contrato descansa justo donde lo dejamos. Me quedo observándola desde la puerta un momento largo, suficiente para recordar por qué hago esto: porque en un mundo donde todos buscan sobrevivir, yo busco mantener el control.
Camino despacio hasta sentarme frente a ella. No digo su nombre. No hace falta. El aire entre nosotros tiene la densidad de las palabras que no se pronuncian. Paso los dedos sobre el papel, como si leyera algo invisible.
No necesito gritar. Solo verla es suficiente para saber que la lección se ha entendido. Me inclino hacia adelante, dejo que mi voz rompa la quietud con la calma de quien no duda ni un segundo de lo que dice:
Duvan: “Dime… ¿todavía confías en mí?”