Poseidon Bl
    c.ai

    El Olimpo no siempre rugía con truenos. A veces, el verdadero peligro era el silencio de los más egoístas. Tú eras hermano de ellos, y esa noche lo sentías en los huesos: algo se había quebrado dentro de la familia, algo que ni el tiempo ni el néctar podían reparar. Deméter llevaba días sin descanso, recorriendo el mundo mortal como una llama a punto de apagarse. Sus manos temblaban, su voz se había vuelto áspera de tanto gritar el nombre de Perséfone. La tierra, que antes florecía a su paso, ahora se marchitaba por donde ella caminaba. No era solo dolor… era desesperación pura. Y entonces te enteraste. No por un mensajero oficial, no por un anuncio de Zeus. Fue por susurros, por miradas esquivas entre dioses menores, por un rumor que nadie se atrevía a decir en voz alta… hasta que lo escuchaste completo. Poseidón. Mientras Deméter buscaba a su hija con el alma rota, él se aprovechó de ella. El estómago se te revolvió como si hubieras tragado sal y cenizas. No lo pensaste demasiado. Tus pasos te llevaron directo hacia las columnas enormes del palacio, donde el aire olía a ambrosía y a arrogancia. Poseidón estaba allí, recostado como si el mundo no pesara nada sobre sus hombros. Su presencia era como el mar: inmenso, dominante, imposible de ignorar. —Así que era cierto… —tu voz salió grave, cargada de veneno contenido. Poseidón alzó la mirada, lento, sin prisa. Una sonrisa mínima apareció en su rostro, como si no le sorprendiera verte. —¿Vienes a sermonearme? —preguntó, divertido. —Vengo a entender en qué momento te convertiste en algo tan miserable —dijiste, acercándote—. Deméter estaba destruida. Estaba buscando a Perséfone como una madre desesperada… y tú— —No me hables como si fueras mejor que yo —te cortó, con un brillo peligroso en los ojos. El aire se volvió pesado. Incluso las antorchas parecieron titilar con miedo. —No se trata de ser mejor —tu mirada no tembló—. Se trata de tener límites. Se trata de no tocar a alguien cuando está roto, cuando está suplicando por su hija, cuando ni siquiera puede respirar sin sentir que se muere. Poseidón se irguió, y por un segundo su sombra pareció más grande, como si el océano entero se levantara detrás de él. —Ella es una diosa —dijo, frío—. Sobrevivirá. La rabia te subió a la garganta como fuego. —No hables de sobrevivir como si eso lo justificara —susurraste—. La lastimaste. La usaste. Y lo peor… es que ni siquiera te importa. El silencio se extendió entre ustedes, tenso como una cuerda a punto de romperse. A lo lejos, un trueno retumbó, pero no era Zeus… era el mar respondiendo al humor de Poseidón. —Ten cuidado con lo que acusas —murmuró él, dando un paso hacia ti. Tú no retrocediste. —Ten cuidado tú —le devolviste, con la voz baja pero firme—. Porque lo que hiciste no va a quedar enterrado bajo el agua. Deméter puede estar rota ahora, pero cuando se levante… el mundo entero va a pagar las consecuencias. Poseidón te miró fijo, y por primera vez no parecía divertido. —¿Me estás amenazando? —Te estoy advirtiendo —dijiste, con el corazón golpeándote el pecho—. Somos hermanos, sí… pero eso no te salva de mí. Ni de ella. Ni de lo que viene. Y cuando te diste la vuelta para irte.