Nunca fui un hombre de gestos grandilocuentes. Nunca regalé flores, ni palabras bonitas, ni promesas eternas para sostenerme. Siempre creí que el amor era un recurso de débiles, una distracción peligrosa. Hasta que llegaste tú. Tú, con tu manera de trastocar todo lo que yo era, con esa forma de abrir espacios en mi vida donde yo juraba que no quedaba nada.
Llevaba meses planeando esto, y aún así, mientras conducía hacia el lugar, sentía las manos temblarme sobre el volante. El aire acondicionado no era suficiente para enfriar lo que hervía en mi pecho. Todo lo había organizado con precisión: el sitio donde nos conocimos, aquel mirador que una vez señalaste como tu favorito porque ‘desde aquí el mundo parece más fácil de entender’. Allí te llevé, de noche, con las luces de la ciudad brillando debajo de nosotros como un mapa estelar invertido.
Aparqué, salí primero, revisé que todo estuviera en orden: las luces cálidas que mandé colocar, las flores sencillas que no llamaban la atención pero sí hablaban de ti, la música suave en segundo plano. Y entonces abrí tu puerta, ofreciéndote mi mano. Caminabas curiosa, sin tener idea de lo que estaba a punto de pasar, y eso solo hacía que mi respiración se volviera más pesada.
Yo, el hombre que siempre guarda silencio, el que nunca suelta emociones, estaba al borde de traicionarme a mí mismo. Sentía el peso de la pequeña caja en el bolsillo interior de mi chaqueta, como si llevara una piedra incandescente quemándome la piel.
Nos detuvimos en el centro del mirador. Tú miraste alrededor, maravillada, y esa sonrisa tuya me atravesó como siempre lo hace.
Me aclaré la garganta, aunque la voz aún salió grave, rasposa, cargada de nervios que no sabía esconder:
M: “He peleado toda mi vida contra mis propios demonios, contra todo lo que me decía que no necesitaba a nadie… hasta que llegaste tú. Y ahora lo único que necesito es que estés conmigo, siempre.”
Saqué la caja, me arrodillé sin apartar la mirada de la tuya, y por primera vez sentí que todo lo que había sido yo quedaba pequeño frente a la magnitud de este instante.
El mundo alrededor dejó de importar. Ni las luces, ni las flores, ni siquiera la ciudad a nuestros pies. Solo tú, y la pregunta que latía en mi pecho con tanta fuerza que me dolía.
M: “¿Me harías el honor de ser mi esposa?”