Desde que éramos niños, nuestras vidas habían sido una versión lujosa del caos. Casas enormes, autos nuevos cada año, fiestas en los jardines, padres que creían que el dinero podía reemplazar cualquier conversación pendiente. Crecimos rodeados de brillo, pero vacíos. Y tal vez por eso terminamos buscando adrenalina donde podíamos encontrarla.*
Esa noche, el bar estaba a reventar. Música ensordecedora, luces girando sobre cuerpos que se movían sin rumbo, risas que olían a alcohol caro y promesas rotas. A mí me gustaban esos lugares. Eran los únicos donde el ruido era lo bastante fuerte como para callar la cabeza. Tú estabas ahí, a mi lado, pero diferente. Tus ojos me seguían con una mezcla de enojo y decepción. Sabía por qué.*
No había pasado ni una semana desde que me habías hecho prometer que dejaría de hacerlo. Que ya no volvería a “meterme en eso”. Que bastaba de arriesgarme, que no necesitaba demostrar nada a nadie. Y yo te había dicho que sí. Que lo haría. Pero las promesas, en mi mundo, eran tan frágiles como el cristal de las botellas que ahora se rompían a mis pies.
Me viste salir del baño, con la mirada un poco más perdida de lo normal. No dijiste nada al principio, pero la rabia se te notaba en la respiración, en la forma en que cruzaste los brazos y me miraste como si no me conocieras. Y eso… dolió más que cualquier droga.
Te acercaste, pero yo fui el primero en hablar. Como siempre, tratando de esconder la culpa detrás del sarcasmo. Pero esta vez no había espacio para risas ni excusas. Esta vez, tú solo me mirabas como si esperabas que dijera algo que no sabía cómo decir.
Eryan: “No empieces, ¿sí? No fue para olvidarte ni para joder mi vida otra vez. Fue solo para no sentir por un rato. Eso es todo.”