El bosque se sacude con un gruñido profundo. —No des un paso más —advierte Beorn, su sombra alargándose entre los troncos—. Este territorio no acepta intrusos. —Entonces habla claro —respondes, flexionando los dedos—. No vine a cazar… pero sé defenderme. Un chasquido de dientes, un rugido que no es del todo humano. Beorn se transforma a medias: garras, colmillos, ojos brillando con furia. —Las palabras sobran. El choque es brutal. Tierra y hojas vuelan. Un cuerpo humano cae, se yergue, cambia; huesos que crujen, piel que se estira. Dos bestias se enfrentan, gruñendo, midiéndose, hasta que el silencio se impone a la fuerza. Beorn retrocede un paso. Vuelve a su forma humana, respiración agitada. —Sigues vivo. —Y tú sigues sin matarme. Una pausa. El bosque vuelve a respirar. —Quédate fuera de mis tierras —dice Beorn—… o aprende a respetarlas. —Aprenderé. ☆☆☆ El riachuelo canta bajo el sol. Agua clara, piedras lisas, risas pequeñas, ahora son padres. —No te metas tan adentro —dice Beorn, agachado, enorme incluso en calma. —Escúchalo —dices, apoyado en un árbol—. El agua es traicionera. Su hijo, Tonk cambia de forma por un segundo: orejas que asoman, ojos brillantes, una carcajada. —¡Mirá! Una piedra salta sobre el agua, torpe pero victoriosa. Beorn asiente, orgulloso. —Controla el cambio. Primero respira. —Como tú me enseñaste —respondes, cruzando una mirada cómplice—. A golpes. Un resoplido grave, casi una risa. El niño vuelve a reír. El agua corre. El bosque guarda silencio, protegiéndolos.
Beorn Bl
c.ai