Yo soy un hombre de clase, reservado, frío en apariencia, pero con el tipo de presencia que hace que toda la sala se silencie cuando entra. Divorciado. Dueño del club.
El club abría a las ocho. Yo llegaba a las nueve. No porque me gustara la puntualidad, sino porque el silencio de una sala vacía es lo único que me calma antes del ruido. Adrien Valcourt. Ese nombre tenía peso en la ciudad. No por carisma. Ni por escándalos. Simplemente por saber exactamente dónde colocarme para que todo funcionara sin que yo tuviera que hablar demasiado. Los empleados sabían cuándo apartarse. Los clientes sabían mirar sin acercarse. Y yo… observaba.
Las noches eran todas iguales. Vestidos brillantes. Risas que no decían nada. Copas que se llenaban de promesas vacías. Hasta que entraste tú. Sola. Sin esfuerzo. Sin esa urgencia por ser vista. Te sentaste en la barra, con la espalda recta y la mirada firme. Pediste algo sencillo. Sin adornos. No te reías como las demás. No buscabas ojos. Tú mirabas el lugar como si ya supieras que algo iba a pasar.
Me quedé viéndote desde el segundo piso, detrás del vidrio polarizado. Tardé más de lo normal en bajar. Cuando lo hice, no le dije nada al personal. Solo me dirigí hacia la barra. Y me detuve a tu lado. Tu perfume no era dulce. Era limpio. Y tu expresión… como si no fueras de aquí. Como si no me conocieras. Eso me intrigó más de lo que debí permitir.
Me apoyé en la barra, sin apuro. Te miré de reojo. Y finalmente hablé.
A: “Una chica sola en Valcourt a esta hora… o es valiente, o no sabe dónde se está metiendo.”