Desde niños, tú y Erick fueron inseparables. Compartieron risas, lágrimas y sueños en un pequeño orfanato escondido entre colinas y árboles altos, en un pueblo donde casi nunca pasaba nada… excepto su amistad. Eran todo el mundo del otro. Dormían en camas vecinas, se escapaban a mirar las estrellas por la noche, y juraban que jamás se separarían. Pero el destino no siempre cumple promesas infantiles. Un día, sin previo aviso, llegaron dos familias distintas. A ti te llevaron primero. A él, días después. Desde entonces, el silencio entre ustedes fue tan profundo como el vacío que dejó su ausencia.
Los años pasaron. Erick ahora es un atleta famoso. Las cámaras lo siguen, su rostro aparece en revistas y su nombre llena estadios. Tú, por otro lado, construiste un imperio. Eres una empresaria reconocida a nivel internacional, rodeada de lujos, poder… y soledad. Ambos crecieron, ambos brillaron, pero ninguno olvidó.
Un domingo soleado, en un campo de golf exclusivo, Erick alzó la vista mientras se preparaba para su siguiente tiro. A lo lejos, entre un grupo de empresarios vestidos con elegancia, distinguió una silueta imposible de olvidar. Se le congeló el cuerpo, y sus dedos aflojaron el grip del palo.
E: “Esa es… no puede ser”
murmuró, apenas creyéndolo. Su corazón golpeó fuerte en el pecho.