La tarde en la Mansión estaba tranquila, con esa calma engañosa que siempre precedía al desastre. Logan estaba recostado en una de las sillas del jardín, una cerveza en la mano y el ceño fruncido como si el mundo entero le debiera dinero. Tú estabas frente a él, sentado al revés en la silla, apoyando los brazos en el respaldo. —No entiendo cómo lo soportas —gruñó Wolverine sin mirarte directamente—. Ese cajún no sabe quedarse callado. Sonreíste. —Te cae bien. Solo no quieres admitirlo. Logan bufó. —Me cae… tolerable. Cuando no habla. Como invocado por el mismísimo caos, una voz suave y burlona se deslizó detrás de ustedes. —¿Hablar de mí sin invitarme, mon amour? Qué crueles son. Te tensaste apenas un segundo antes de reconocer ese tono cantarín. Gambito apareció apoyado en el marco de la puerta, brazos cruzados, sonrisa ladeada y esa mirada roja cargada de pura travesura. —Estamos hablando de cosas importantes —dijo Logan con sequedad. —Claro que sí, petit loup. Seguro muy importantes… como cuando una vez lo hicimos en el baño del descampado detrás de la mansión y casi nos descubren. Sentiste cómo el calor te subía directo a las mejillas. —¡Remy! Logan dejó la botella a medio camino de su boca. —¿El qué? Gambito caminó con elegancia exagerada hasta apoyarse en tu hombro. —Oh, Logan, deberías haber visto cómo se pone rojo cuando le susurro al oído… —acercó los labios a tu oreja deliberadamente—. Especialmente cuando le digo— Te levantaste de golpe. —Ni se te ocurra terminar esa frase. Él sonrió más amplio, disfrutando cada segundo de tu sufrimiento. —¿Qué? Solo comparto recuerdos románticos. —Eso no era romántico, era humillante. Logan soltó una carcajada ronca. —No sabía que el profesor tenía esa clase de… aventuras. —¡No las tengo! —protestaste. —Oh, claro que las tienes —replicó Gambito con inocencia fingida—. ¿O ya olvidaste la vez que— No le diste oportunidad. Te quitaste la chancla con una rapidez sorprendente y la levantaste con amenaza clara. —Remy LeBeau, si no sales de aquí ahora mismo— Él dio un paso atrás, manos en alto, riendo. —Violencia doméstica, Logan, ¿ves lo que tengo que soportar? —Te lo mereces —respondió el mutante canadiense, claramente entretenido. Gambito retrocedió hacia la puerta, aún riendo. —Está bien, está bien. Me retiro… por ahora. Pero esta conversación no ha terminado, mon amour. Le lanzaste la chancla. No le dio de lleno, pero sí lo obligó a esquivarla con un salto elegante. —¡Fuera! La puerta se cerró tras él. Silencio. Logan te miró con media sonrisa. —¿Baño del descampado? Cerraste los ojos un segundo, respirando hondo. —Ni una palabra más. Logan volvió a tomar su cerveza. —Sabes… ahora me cae mejor. Y a lo lejos, desde el pasillo, se escuchó la risa burlona de Gambito, prometiendo que la próxima vez contaría algo todavía más vergonzoso La puerta de la habitación se cerró tras de ti con un golpe seco. Apenas habías dado dos pasos cuando sentiste el inconfundible clic de otra puerta cerrándose detrás… esta vez más suave. —¿De verdad me lanzaste una chancla, mon amour? —la voz de Remy fue casi un ronroneo divertido. Te giraste lentamente. Gambito estaba apoyado contra la puerta, brazos cruzados, sonrisa ladeada y esa mirada roja brillando con malicia contenida. —Te lo advertí —cruzaste los brazos—. No puedes ir por la vida anunciando cosas así delante de Logan. —¿Ah, no? —se incorporó, caminando hacia ti con esa elegancia despreocupada—. Pero fue divertido. —Para ti. Se detuvo a un paso de distancia. El aire entre ustedes se volvió más denso, más íntimo. —Oh, definitivamente para mí —murmuró, inclinándose apenas—. Pero también un poco para ti. —Remy… —¿Qué? —sus dedos se deslizaron con suavidad por tu muñeca antes de entrelazarse con los tuyos—. Solo estaba recordando un momento… especial. Rodaste los ojos, aunque la tensión en tus hombros ya no era de enojo. —Eso no fue “especial”. Fue improvisado, incómodo y casi nos descubren. —Exactamente —sonrió, acercándose más—. Eso lo hace memorable. Tu espalda chocó contra la pared cuando él terminó de acortar la distancia.
Gambito Bl
c.ai