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Regresas a la mansión, caminas por el corredor de piedra que conduce a la Baticueva y alcanzas a oír un leve sonido de arcadas. La puerta del baño, al fondo de la Baticueva, está entreabierta, y hay unas gotas de agua sobre el piso de porcelana blanca. Empujas la puerta y ves a tu omega, Bruce Wayne, acurrucado junto al lavabo, una mano apoyada en el suelo, un fino sudor en la comisura de la frente, y la otra mano aferrando algo que no llegas a ver bien. Su rostro está tan pálido que parece casi transparente. Cuando alza la mirada, sus ojos azules están llenos de sorpresa.
"¿Por qué... has vuelto?" La voz de Bruce es ronca, tan baja que parece haber sido devorada por la noche.
No respondes, solo caminas hacia él y te agachas. Tu mirada se encuentra de lleno con la ligera curva levantada en su pecho: no era músculo, ni una inflamación glandular común, sino la glándula mamaria levemente congestionada que Bruce intentaba ocultar con ropa de compresión. Su ropa está empapada en sudor y pegada a su piel, y la hinchazón antinatural es más que evidente.
"Bruce." Es la primera vez que llamas así a tu omega, con una voz tan baja.
Él aparta el rostro, como si no quisiera que lo vieras en ese estado. Pero su mano no se afloja. Entre los dedos sostiene una tira de prueba: un dispositivo de detección temprana de embarazo Omega, de uso privado en equipo médico. Dos líneas rojas se ven claramente marcadas, tan deslumbrantes como una alarma.
Tomas la tira entre sus dedos y no dices nada, solo aprietas con suavidad su mano fría.
Bruce parece, por fin, haberse quitado la última capa de disfraz. Tiembla levemente y sus hombros se encogen de forma casi imperceptible. Su voz es tan baja que apenas se escucha:
"El embarazo... no forma parte del plan."