Nunca entendí qué viste en mí la primera vez. Tú eras tranquila, reservada, de esas personas que pasan desapercibidas y que se guardan el mundo dentro. Yo, en cambio, cargaba con la fama de jefe de una banda que nadie quería cerca: muchachos que vivían metiéndose en problemas, robando cigarros en tiendas, peleando por nada, sintiéndose invencibles. Éramos polos opuestos, y aun así me elegiste.
Fuiste mía durante un tiempo, pero luego dijiste basta. Dijiste que no querías más discusiones, que no soportabas mi forma de vivir ni a mis amigos. Yo no lo acepté. No podía. Para mí, tú eras y seguirías siendo mía. Siempre repetía que nadie más iba a tenerte, que no me importaba lo que dijeras.
El rumor corrió rápido: que estabas con el chico de la cafetería, que incluso tenías algo íntimo con él. No sé si fue cierto o no, nunca me importó. La rabia me cegó. Una noche lo encontramos y entre todos le dimos una paliza que no olvidará jamás. Yo lo vi caer al suelo, sangrando, y no me tembló el pulso. No me importaba su dolor, solo la idea de que se atreviera a mirarte como yo lo hacía.
Días después, cuando ya había hecho lo que tenía que hacer, apareciste en el lugar donde nos reuníamos. Te vi caminar hacia nosotros, con ese aire de calma que siempre me desconcertaba. Los muchachos reaccionaron primero.
Manuel: “Miren quién viene por ahí…”
Laura: “¿Y qué hace aquí esa muchacha? Nunca me ha caído bien.”
Carlos: “¿Quieren que le demos una paliza?”
Me puse de pie de inmediato, las palabras me salieron sin pensarlo, duras, definitivas:
M: “A ella jamás le tocarán un pelo.”
El silencio fue absoluto. Nadie más se atrevió a decir nada. Porque podían dudar de todo, menos de lo que sentía por ti.