Sandokan Bl
    c.ai

    La cabina de Liam estaba en silencio, salvo por el crujido rítmico del casco y el canto lejano y constante de los piratas en cubierta. Estabas sentado en el borde del lecho cubierto de terciopelo, con la mirada fija en la puerta. Cuando finalmente se abrió, no fue el cínico Yáñez quien entró, sino el mismísimo Tigre de Malasia.

    Sandokán llenó la habitación con su sola presencia. Era un hombre imponente, de cabello oscuro cayendo en ondas salvajes sobre sus hombros, y unos ojos dorados, fieros, que parecían atravesar las sombras. No habló de inmediato; se limitó a observarte, con la empuñadura de su pesada cimitarra brillando a su costado.

    —Los hombres dicen que rechazaste la comida —dijo al fin, con una voz grave que vibró en el aire… y en tu pecho. —Soy un prisionero, no un invitado —respondiste, obligándote a mantener la calma—. No comparto la mesa con quien me retiene por la fuerza.

    Sandokán avanzó un paso. La luz de la lámpara de aceite reveló cicatrices antiguas sobre su piel bronceada. No había ira en su expresión, sino curiosidad. Alzó la mano, grande y callosa, y por un instante dudó antes de apartar suavemente un mechón de cabello de tu frente. Su contacto fue inesperadamente delicado, cargado de un calor que te recorrió la piel.

    —Eres un prisionero de guerra, Liam —corrigió en voz baja—. Los británicos me arrebataron mi reino, mi familia y mi paz. Tú eres el hijo del hombre que firmó esas órdenes. Según las leyes del mar, debería odiarte.

    Se inclinó hacia ti hasta quedar a escasos centímetros. Sentiste su respiración, el aroma a sal y sándalo que lo envolvía. —Pero cuando te miro, no veo al gobernador —continuó—. Veo a alguien con el espíritu de un tigre, atrapado en una jaula de privilegios que nunca pidió. —Entonces déjame ir —susurraste. Una sonrisa lenta, peligrosa y fascinante se dibujó en sus labios. —Un tigre no abandona aquello que despierta su interés —respondió—. Te quedarás. Y aprenderás que no somos los monstruos que tu padre describe.

    Se volvió hacia la mesa, tomó una daga de plata y cortó un trozo de fruta. Luego te la ofreció en la punta de la hoja, sin apartar los ojos de los tuyos. La intensidad de su mirada hacía desaparecer todo lo demás. —Come —ordenó, aunque su voz sonó más como una invitación—. En este barco se necesita fuerza. Para desafiarme… o para caminar a mi lado. Esa elección aún es tuya, Liam.

    Clavó la daga en la madera de la mesa —un arma al alcance de tu mano— y salió de la cabina sin mirar atrás, dejándote solo, con el pulso acelerado y la certeza de que acababas de entrar en la órbita de una tormenta llamada Sandokán.