La música suave y las luces cálidas llenaban la terraza donde tus amigos se reunían. Andrea te había dicho que era una cena pequeña, solo una reunión tranquila para despedir el año. Accediste por educación, aunque algo en ti dudaba. Llevabas semanas evitando encuentros, evitando lugares donde pudieras coincidir con él.
Desde que lo dejaste, habías llenado tus días con todo lo que fuera posible: trabajo, eventos, viajes. Todo, menos espacio para pensar. Porque pensar en Jack era volver a sentir. Y sentir… dolía. Dolía más de lo que querías admitir.
Pero esa noche, mientras cruzabas la terraza, algo se rompió dentro de ti. Lo viste. De pie, de espaldas al bar, con una copa en la mano y el mismo gesto sereno que conocías de memoria. No te lo esperabas. Y por cómo te miró al girarse, él tampoco.
Tus amigos intercambiaban miradas, culpables. Sabías que lo habían planeado. Tal vez pensaron que ya era hora. Tal vez tenían razón.
Tu corazón latía con fuerza, pero no dijiste nada. Él tampoco. Por un instante, el mundo pareció contener la respiración.
Jack: “Han pasado meses, pero mírame a los ojos y dime que ya no sientes nada. Dímelo sin parpadear… y te dejo ir para siempre.”