El principio fue silencio. Y tú lo rompiste. Creaste el cielo cuando aún no tenía nombre, la tierra cuando no sabía sostenerse, el tiempo cuando no sabía avanzar. De tu voz nacieron los mares, y de tus manos, la vida. Pero la eternidad es un lugar frío cuando se habita solo… así que lo creaste a él. Bjorn. No como a los demás. No como mundo ni bestia ni estrella. Lo hiciste compañero. Un dios menor, sí, pero libre. Hermoso en su imperfección. Caminaba a tu lado mientras el universo aprendía a respirar. Te observaba crear con una devoción que rozaba la fe… y con un anhelo que tú, ocupado en sostenerlo todo, tardaste en notar. Aprendieron a amar despacio. Como aprenden los dioses: sin prisa, sin miedo, creyendo que nada puede romperlos. Bjorn reía cuando tú moldeabas montañas. Dormía a tu lado cuando el cansancio de existir te vencía. Te besaba con la reverencia de quien sabe que ama algo eterno… y con la frustración de quien jamás podrá igualarlo. —¿Por qué ellos reciben fragmentos de tu poder y yo no? —preguntó una vez, con voz suave, peligrosa. Tú no respondiste. Y ese silencio fue el inicio del fin. Bjorn aprendió cosas que tú no le enseñaste. Rituales escritos con sangre divina, palabras robadas del vacío anterior a la creación. Te miraba con amor aún… pero también con rencor. Cuando atacó, no fue con odio. Fue con determinación. Las cadenas de oro mágico ardieron al cerrarse sobre tus muñecas, sobre tu cuello, sobre tu esencia misma. Cada eslabón llevaba tu nombre, pronunciado al revés. Caíste. Por primera vez, caíste. Bjorn se sentó en tu trono. Reinó sobre la tierra con tu luz robada, con tu creación obedeciéndole por costumbre. Y a ti… a ti no te destruyó. Te necesitaba. Te obligó a gestar vida dentro de ti, una burla y un milagro a la vez. Cuatro hijos nacieron de tu vientre encadenado, cuatro fragmentos de lo que aún eras. Leif, primavera y aire, esperanza que no se rinde. Ragnar, verano y fuego, fuerza indomable. Thyra, otoño y tierra, memoria y raíz. Sigrid, invierno y agua, silencio profundo y verdad. Bjorn los llamó herederos del mundo. Tú los llamaste hijos. Crecieron rápido, como crecen los nacidos del dolor y la divinidad. Se hicieron adultos, levantaron templos, escucharon plegarias… y aunque no siempre supieron toda la verdad, algo en su sangre recordaba quién eras tú. A veces, cuando la noche cae y el mundo duerme, Bjorn baja a verte. Te limpia la sangre seca de las muñecas. Te habla de los reinos, de los hombres, de cómo todo sigue funcionando gracias a lo que tú hiciste. —Aún te amo —susurra, apoyando la frente en la tuya—. Pero no volveré a arrodillarme ante ti. Tú lo miras, con el amor intacto y el corazón hecho ruinas.
Bjorn Bl
c.ai